lunes, octubre 11, 2004

Retorno a Krypton

Ayer murió, a los 52 años de edad, Christopher Reeve, o Supermán, como ya para siempre se le recordará. Y en esta hora parece justo señalar que pocos hombres han salido airosos de tan duro desafío como el que la vida le puso delante: ganar fama y fortuna encarnando en la ficción al Hombre de Acero, y llegar a serlo después en la vida real, anclado a una silla de ruedas. Por eso, aunque todas las muertes son tristes, la de Reeve, un auténtico héroe de nuestro tiempo, es doblemente dolorosa. Y el destino, que disfruta haciéndonos muecas siniestras, ha querido que esta muerte llegue precisamente ahora, que tanto se habla de la peripecia vital del tetraplégico gallego Ramón Sampedro gracias a la última película de Alejandro Amenábar.

Mar Adentro, estilización de la biografía y circunstancias del desventurado marinero coruñés, figura ya en la conciencia colectiva como un canto al derecho a morir dignamente. El mero uso de dicha expresión, morir dignamente, implica ya una cierta petición de principio: el presupuesto de su necesario contrapunto, que es vivir indignamente. En su testamento, Sampedro mismo alude de forma repetitiva y continuada a la dignidad que le falta, a la dignidad que, a su juicio, le niegan su cuerpo inmóvil y deformado, la necesidad de subsistir con la ayuda de quienes le rodean, la imposibilidad de continuar con la vida que había llevado hasta su trágico accidente, y exhorta a los poderes públicos para que le permitan recobrar su dignidad perdida, autorizando a un tercero para que desempeñe por propia mano el terrible encargo de auxiliarle a morir.

En circunstancias bien semejantes, Reeve eligió lo contrario: no pidió morir dignamente, sino que se propuso vivir dignamente. En 1995, en la cúspide de su fama, había sufrido una caída de caballo que le produjo la rotura de la espina dorsal por dos sitios, y le condenó a ocupar para siempre una silla de ruedas, donde las deformaciones de su cuerpo, antaño atlético, y de su rostro incluso, fueron haciéndose más y más patentes. Sin embargo, lejos de entregarse a la desesperación y a las ansias autodestructivas, apenas dos años después del accidente dirigió su primera película; un año después, compaginaba su cargo de Consejero Delegado de la Christopher Reeve Paralysis Foundation (CRPF) con la vicepresidencia de la National Organization on Disability (NOD), organizaciones sin ánimo de lucro, sostenidas por aportaciones voluntarias de empresas y particulares, donde Reeve tuvo la ocasión, aparte de desempeñar un importante papel ejecutivo y de aplicar cuantiosas donaciones personales, de compartir sus propias experiencias y servir incluso como cobaya humano para ciertos proyectos experimentales. En 1998 publicó su autobiografía, titulada Todavía yo, y el solo título ya nos lo dice todo.

La experiencia vital de Reeve nos demuestra que, al contrario de lo que pensaba Sampedro, no es cierto que la dignidad resida en poder correr escaleras arriba, ni en montar en bicicleta, ni en sostenerse erguido a la proa de un barco, como no es cierto que un cuerpo deforme y postrado sea indigno, ni que la muerte restituya la dignidad a nadie. Es la forma en que los hombres eligen vivir lo que les da o les quita la dignidad y, así como existen numerosos hombres que conservan el pleno uso de su físico y son al mismo tiempo absolutamente indignos, muchos otros, que viven confinados en un lecho o una silla de ruedas y padecen cada día un cuerpo enfermo y atormentado son un ejemplo permanente de dignidad, como lo fue Reeve. La dignidad, el espíritu y el valor de aquel héroe resplandeciente que, con su capa roja, volaba en las pantallas y en la imaginación de la todos, no se esfumaron después de aquella fatal caída de caballo: permanecían ahí, poderosos, desafiantes, intactos, en el cuerpo lacerado e inmóvil del héroe nada ficticio que ayer abandonó el mundo tan pronto, tan tristemente antes de hora.

Sampedro, víctima de un destino aciago, fue un sujeto digno de toda nuestra comprensión y nuestra piedad, pero en modo alguno de nuestra admiración. El retrato hagiográfico firmado por Amenábar y celebrado ad nauseam por casi todo el mundo, sin embargo, no es más que el resultado de una sociedad como la española, como la europea en general, carente de valores, nihilista, egoísta y autodestructiva, donde se exime al individuo de cualquier responsabilidad y se busca, como ideal sustitutivo de la voluntad individual, a un Estado todopoderoso a quien poder pedir cuentas. Reeve, por el contrario, encarnó como nadie a la sociedad a la que pertenecía, robusta, generosa, solidaria, capaz de enfrentarse a las dificultades y vencerlas, donde el individuo es el responsable de manejar las riendas de su propio destino: un ejemplo de esperanza, no de desesperación; de coraje, no de renuncia; de vida y no de muerte. Ahora, el don precioso que Sampedro dilapidó deliberadamente en su tragedia, le ha sido arrancado a Reeve, que tan buen uso hizo de él y que, sin duda, murió pidiendo un poco más de vida con que seguir sirviendo a sus semejantes.

Supongo que el lugar al que Supermán desearía ir una vez muerto es a Krypton, el hermoso planeta helado del que procedía, destruido por espantosas catástrofes; el planeta que, aunque no pudo conocer, se le aparecía en sueños. Es de esperar entonces que Supermán se encuentre ya de vuelta en Krypton, lleno de su pujanza de antaño, descansando para siempre.

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posted by Freelance at 9:56:00 p. m.