sábado, noviembre 06, 2004

George W. Bush, v.2

Las elecciones más reñidas de la historia de los EE.UU., según se encargaron de vaticinar los que son expertos en equivocar la realidad con sus deseos, se han saldado con una amplia victoria del actual presidente sobre el candidato demócrata John Kerry, dando paso así al segundo mandato de George W. Bush quien contará, además, con sólidas mayorías de su partido en las Cámaras. A pesar del intento, protagonizado por el partido Demócrata y, fundamentalmente, por sus epígonos en los medios y la cultura, de polarizar a la opinión pública americana entre la opción de Bush como “más guerra y menos justicia social” y la de Kerry (en quien se supone que veían potencialmente lo contrario), el pueblo estadounidense ha decidido de forma mayoritaria otorgar su confianza al tejano para un segundo mandato, refrendando de este modo su política en relación con el terrorismo internacional y, al menos, sin desautorizar en modo alguno su política económica. Por otra parte, puede esperarse mucho más del pueblo americano y de su alto concepto de la democracia que de buena parte de sus creadores de opinión: desde hoy mismo, la inmensa mayoría de los americanos, con independencia del signo de su voto, prestarán su apoyo incondicional a quien es, por derecho, su máximo representante ante el resto del mundo.

En todo caso, resulta inevitable poner de manifiesto los evidentes paralelismos históricos entre el proceso que estamos viviendo en este momento y el que se vivió, en muy semejantes circunstancias, hace 20 años, cuando Ronald Reagan fue reelegido presidente de los Estados Unidos.

Lo primero que me viene a la memoria de aquella época es la frase de una compañera de estudios en la Facultad, que decía, en el ya lejano año de 1984, refiriéndose a Reagan: “se ha vuelto loco, y se cree que está interpretando su último papel”. Un juicio muy severo, desde luego, pero que nada debe sorprender, porque tal era la corriente predominante, casi única, en la Europa de los 80, lo mismo que el odio a Bush es la corriente imperante en la Europa de principios del s. XXI. Recuerdo muy bien la serie británica Spitting Image, hoy imitada sin recato por los monigotes de Canal +, donde se representaba al presidente Reagan como un payaso iletrado y estúpido al que debían colocarle el cerebro cada vez que asistía a algún acto público; recuerdo las caricaturas que se publicaban en El País, donde representaba a Reagan como un cow-boy cuya montura era una cruz gamada, y tampoco en eso han sabido ser originales: Bush es representado más o menos de la misma forma. La progresía americana no trató mejor a Reagan de lo que trata ahora a Bush: incluso en la hora de los obituarios de Reagan, un sujeto tan repugnante como Noam Chomsky se entretenía en darle patadas al cadáver y aprovechaba para extender sus fementidas acusaciones al actual presidente; de la época de Reagan recuerdo asimismo las caricaturas de Pat Oliphant en el Washington Post, en alguna de las cuales aparecía aquél con el flequillo transformado en siniestro hongo atómico; también en aquella época, escritores de corte izquierdista como Kenneth Anger lanzaban contra el presidente invectivas de toda índole, acusándole de ignorante (el permanente complejo de superioridad intelectual de la Izquierda), de belicista, de totalitario, invectivas que eran repetidas, en forma de consignas y eslóganes, durante las algaradas callejeras que acompañaban todos los viajes de Reagan por nuestro continente, idénticas a las que hoy se organizan para acompañar a los de Bush. Existen paralelismos obvios incluso por lo que se refiere al comportamiento del Gobierno de España, socialista entonces y socialista ahora: si Rodríguez Zapatero, todavía en la oposición, cometió la indigna torpeza de negarse a homenajear a la bandera de los EE.UU. y, con ella, a las víctimas del 11 de septiembre, y ya en el Gobierno se ha especializado en ofender a la primera potencia mundial, hay que reconocer que el Gobierno de Felipe González presenta, en relación con Reagan, incluso peores credenciales. Conviene recordar, por ejemplo, que en la primera visita oficial de Reagan a España, el entonces vicepresidente Alfonso Guerra, antes que compartir espacio con el presidente de la democracia más anciana del mundo, prefirió marcharse en visita de Estado a Hungría, donde era a la sazón presidente János Kádár, títere soviético y probado asesino de masas.

Sin embargo, el análisis comparativo entre uno y otro presidentes quedaría incompleto si, junto con las oposiciones cosechadas, no analizásemos también los retos enfrentados.

Cuando Ronald Reagan accedió al Despacho Oval en 1980, el comunismo soviético vivía su máximo esplendor. El mundo salía de la dolorosa crisis del petróleo de los 70, que había socavado notoriamente la confianza de las economías libres, mientras que el Pacto de Varsovia, por su parte, aumentaba su capacidad bélica sin cesar en la misma proporción que la OTAN reducía la suya. En 1.981, la OTAN presentaba una notable inferioridad en número de recursos dentro de todos y cada uno de los apartados de la guerra convencional (infantería, artillería, divisiones blindadas, marina, aviación) y había sido largamente sobrepasada, incluso, en capacidad para la guerra nuclear, donde el desarrollo de las series de misiles balísticos SS- 20 y la producción en masa de cabezas atómicas por parte de la URSS había dado, de hecho, el predominio militar absoluto al bloque comunista. Por otra parte, dicho potencial bélico no se había quedado en mera expectativa, sino que estaba siendo puesto en movimiento en diferentes partes del mundo dentro del programa de expansionismo imperialista soviético, ejemplos del cual fueron la invasión de Afganistán y el intenso programa de intervenciones en África y Suramérica.

Los Estados Unidos, bajo las administraciones anteriores, se habían limitado a seguir la doctrina de equilibrios que dio en llamarse la dètente, en relación con la política exterior y la Guerra Fría. Cuando Reagan se alzó con la presidencia en 1981 adoptó una posición radicalmente contraria, incluso beligerante, sobre todo en relación con el expansionismo comunista en Latinoamérica. Consciente de la inferioridad de la OTAN ante la posibilidad (nada desdeñable en aquel tiempo) de un conflicto mundial, impulsó el desarrollo de una iniciativa de defensa estratégica que neutralizase el poderío del arsenal balístico del Pacto de Varsovia. Dicha iniciativa se dio a conocer como “paraguas nuclear” o “guerra de las galaxias”, y estaba destinada, materialmente, a proteger la Europa y los Estados Unidos ante un eventual ataque nuclear procedente de la URSS y, estratégicamente, a forzar al bloque comunista a desarrollar una respuesta ofensiva para la cual no disponían ni de la tecnología adecuada ni, sobre todo, de dinero.

Nuanca sabremos con exactitud qué parte del programa de defensa de los EE.UU. se basó en desarrollos reales y qué parte fue simple propaganda, pero lo cierto es que funcionó: a los pocos años, incapaz de resistir la presión, toda la estructura económica del bloque del Este empezó a desmoronarse como un castillo de naipes, aunque Europa occidental, la máxima beneficiaria, se había mostrado reacia a apoyar a la administración Reagan. La disidencia emprendió en Polonia la irreversible senda de la democratización, gracias a la enérgica figura de Walesa y al magisterio de Juan Pablo II, autoridad moral por su condición de Pontífice y por haber sido víctima directa él mismo de ambas tiranías, la nazi y la comunista. En el interior de la propia URSS, la incapacidad de los dirigentes de la vieja guardia estalinista para manejar la situación dio entrada a una generación nueva, que impulsó la famosa Perestroika. El ansia de Libertad, tantos años reprimida, corrió como un reguero de pólvora por todo el vasto territorio ubicado más allá del telón de acero, hasta que dio con el simbólico muro de Berlín en tierra, ya con Reagan disfrutando del bien ganado retiro, pero gracias a su determinación, a su coraje y a su inmenso sentido común.

George Bush II, que no ha dejado nunca de reconocer el magisterio del Gipper, se enfrenta a una situación distinta, bien es cierto, pero con numerosos puntos de coincidencia. Por una parte, la situación económica que recogió en su día no era ni mucho menos mala, entre otras cosas gracias al cambio de rumbo propiciado en su día gracias a la liberalización de la administración Reagan. Bush se ha limitado hasta ahora a mantener la tendencia, mejorando la competitividad de la industria americana gracias, sobre todo, a una inteligente depreciación del dólar en los mercados internacionales, a cambio de sostener un déficit presupuestario elevado (que, con todo, es bastante inferior al de economías frías como la francesa o la alemana). Gracias al amplio respaldo obtenido en estas elecciones, parece que Bush dará una nueva vuelta de tuerca en la dirección adecuada, liberalizando aún más la economía americana, lo cual beneficiará sin duda alguna al conjunto de la economía mundial.

Pero es en el terreno de la política internacional donde Bush deberá seguir manteniendo el paralelismo que hasta ahora cabe reconocerle con Reagan. Ya no existe el bloque comunista soviético, pero existen el terrorismo islamista y el avispero de oriente próximo. Con su idiocia habitual, Europa casi en pleno, con la honrosa excepción del Reino Unido, se ha alineado con más o menos decisión del lado de los fundamentalistas islámicos, actitud que se manifiesta sin paliativos en el clamoroso apoyo político y económico de la causa del integrismo terrorista palestino frente a la democracia israelí, lo mismo que hace veinte años Europa figuraba más cercana a Moscú que a Washington, y como muestra queda la actitud, antes mencionada, de Alfonso Guerra con motivo de la visita a España de Reagan. Por eso, Bush debe obtener su determinación para oponerse al Eje del Mal (incluso en la definición, Bush no ha hecho sino retomar la frase acuñada por Reagan para referirse a la URSS: el Imperio del Mal), no de esas estúpidas y falsas apelaciones al multilateralismo tan huecamente proclamadas por los multilateralistas del error y de la mentira; no, Bush tendrá que obtener la determinación, primero, del apoyo que sus votantes le han demostrado y, segundo, de sus propias convicciones, las que parecen haberle guiado hasta ahora y de las cuales depende en buena parte, como en su día de las de Reagan, la capacidad del mundo libre para mantener nuestro modo de vida y para extenderlo cada vez a más países del planeta.

Bush sufrió la enorme desgracia de enfrentar, poco después de acceder a la Presidencia, el ataque más salvaje sufrido por los Estados Unidos desde Pearl Harbour. Insensible a la presión abrumadora de los los nostálgicos de la dètente y los antioccidentalistas (la URSS ha caído, pero perdura muy profundamente enraizado el odio a occidente y a la libertad que sembró durante más de 50 años), Bush tomó las riendas y respondió ejemplarmente al desafío brutal de los terroristas. Como consecuencia de su respuesta, hoy en Oriente Medio existen tres democracias, no sólo una como existía hasta hace tres años.
Es evidente que el camino no ha hecho más que empezar, y que se presenta largo y sembrado de dificultades, porque el enemigo ha sido contrarrestado y puesto en guardia, pero no derrotado; sin embargo, Bush cuenta ahora con el respaldo necesario y con tiempo por delante para llevar a cabo sus propósitos. Como en 1984, es posible que el mundo se encuentre ante una nueva y decisiva coyuntura histórica en la cual deberá librarse, una vez más, la eterna y difícil batalla por la Libertad.

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posted by Freelance at 1:10:00 a. m.