sábado, noviembre 13, 2004

Tirano muerto en su lecho

La ciencia psiquiátrica desvelará algún día qué clase de desorden psicológico es el responsable de la fascinación de las masas (especialmente las europeas) por figuras como la de Arafat, Ernesto Guevara, Abimael Guzmán o Fidel Castro, o la perversa herencia de nuestra cultura por la que criminales y genocidas son vistos bajo el halo romántico de Robin Hood.
No es extraño que tanta gente diga que la muerte de Arafat es preludio de una época de desconcierto: como cualquier tirano, Arafat ha muerto aferrado al poder, y sin haber dado muestras de que su sucesión le preocupase lo más mínimo. Arafat, presa de una visión providencialista de su destino y de su propia figura se creía un Mesías y no me cabe duda de que hacía suya la divisa “después de mí, el diluvio”. Casi ningún dirigente democrático muere en ejercicio: la democracia, menos mesiánica pero mucho más razonable que la tiranía, confía el relevo de sus dirigentes a la voluntad de los ciudadanos, no a la de Dios. Los tiranos, sin embargo, sólo admiten la voluntad de la muerte por encima de la propia, y así nada tiene de raro que su falta conlleve la zozobra y la duda.

Sin embargo, no creo que en este caso haya lugar al desconcierto, en realidad. Los agoreros que vaticinan “la guerra civil entre los palestinos” ahora que falta el gran Rais pueden estar tranquilos, o al menos no más intranquilos que antes: los palestinos llevan en guerra civil mucho tiempo. Para la Jihad, para Hamas, Arafat era desde hacía tiempo poco más que un figurón decorativo, demasiado tostado por la luz de los focos y ablandado por el roce constante con los odiados infieles en embajadas, en palacios, en salones. El viejo terrorista, que tuvo su momento de gloria el día que la ONU presenció complacida sus impunes bravuconadas, se había dejado fascinar por el oropel del Poder y de la Fama (esas dos serpientes de Eva), y hasta había dedicado los últimos años de su vida a acumular un fabuloso patrimonio hurtando a su querido pueblo, que lo proclama ahora padre, las ingentes ayudas que la Unión Europea le transfería sin solución de continuidad. Posiblemente, en lo profundo de sus refugios de la Muqata, guardase un recorte de Forbes con sus cifras millonarias impresas al pie de una foto de su feo rostro, semioculto, eso sí, tras su pañoleta y sus gafas ahumadas, de mafioso de película. En realidad, con la muerte de Arafat se pierde un espadón mediático, pero ya no un elemento verdaderamente estratégico dentro del puzzle de Oriente Medio: acaso su muerte sirva apenas para acelerar procesos que radicales y moderados, cada uno por su parte, tuvieran previsto poner en marcha.

Y es que la figura de Arafat terminó de perder su influencia real tras la ruptura unilateral de los acuerdos de Oslo por los palestinos. El gobierno de Barak hizo el ofrecimiento más generoso que cabía esperar, pese a que las negociaciones estuvieron precedidas de la campaña de extorsiones habitual en todos los procesos donde un Estado democrático negocia con una banda de asesinos; los terroristas están muy entrenados en el arte de robar la cartera a la democracia y luego sentarse a negociar sobre la cartera robada denominándola simplemente "la cartera en conflicto". Arafat quiso ese acuerdo, que lo convertía en venerable patriarca de la patria palestina; sin embargo, los acuerdos fracasaron porque los verdaderos negociadores palestinos (los terroristas de Hamas y la Jihad) sintieron el vértigo de la Paz, algo para lo que no estaban preparados. Gerry Conlon describe, en ese estremecedor documento que es En el nombre del Padre, cómo es por dentro una sociedad (en su caso, el Ulster) organizada y dirigida por el terrorismo, completamente militarizada y basada en códigos más propios de una mafia que de una verdadera sociedad civil. Y tampoco tenemos que ir tan lejos: en el País Vasco se ha vivido durante años una situación semejante. Son sociedades que no utilizan la violencia como medio para conquistar ninguna meta, sino que consisten en la violencia. Y no se puede pretender que mercenarios hechos a manejar el kalasnikov y el lanzacohetes, que niños educados en el sacrificio ritual se dediquen, al día siguiente, a levantar hogares, a dar y recibir clase en las escuelas, a construir en lugar de destruir. La violencia ya no es un medio; es un escenario, un trabajo, una forma de vida. Y por eso será recordado Arafat: por haber sumido a su pueblo, ese que según los nauseabundos panegiristas europeos quiso tanto, en una espiral de la guerra sin cuartel y sin horizonte. De todas las víctimas de Arafat, la más damnificada ha sido la propia mayoría palestina.
La ciencia psiquiátrica desvelará algún día qué clase de desorden psicológico es el responsable de la fascinación de las masas (especialmente las europeas) por figuras como la de Arafat, Ernesto Guevara, Abimael Guzmán o Fidel Castro, o la perversa herencia de nuestra cultura por la que criminales y genocidas son vistos bajo el halo romántico de Robin Hood, campeón de los parias de la Tierra. Cuando ese día llegue, acaso los tiranos dejen de morir agarrados a los brazos del sillón y la democracia disfrute de una verdadera oportunidad de ser el régimen de gobierno de la especie humana.

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posted by Freelance at 10:11:00 a. m.