viernes, diciembre 10, 2004

El Premio Nobel de la Estupidez

Hoy ha sido entregado el Premio Nobel de la Paz a la política keniana Wangari Maathai. El Mundo necesita árboles, ha afirmado al recoger la medalla. No me cabe duda de que el Mundo necesita árboles; de lo que no estoy seguro es de que necesite a Wangari Maathai.
Aunque la concesión del premio fue anunciada meses atrás, hoy ha tenido lugar el acto protocolario en el que la Medalla con la efigie de Alfred Nobel, símbolo del Premio Nobel de la Paz, le ha sido entregada a la política keniana Wangari Maathai. El suceso no es sorprendente, teniendo en cuenta la nómina que presenta dicho premio, más semejante a la cámara de los horrores del Madame Tussaud que al elenco de un importante galardón internacional, donde se aglutinan ya especímenes como el Dalai Lama, Rigoberta Menchú, Yaser Arafat, Jodi Williams, Jimmy Carter o el padre de Khojo. Pero no por esperable es menos preocupante.
Y es que Maathai representa fielmente, por su acción política y por su promoción pública, dos de los principales enemigos de la prosperidad y la Libertad en el mundo: el indigenismo acrítico y el estatismo a ultranza.
Buen ejemplo de lo primero es su sabida complacencia ante la práctica salvaje de muchos pueblos africanos, la infibulación sexual femenina por amputación de los órganos genitales. Cuando menos, resulta sorprendente que alguien que combate con tanto ardor la tala de árboles se muestre comprensiva con la tala de la sexualidad de las mujeres, costumbre absolutamente intolerable y bárbara de la que Wangari, sin embargo, dice que "está en el corazón de los kikuyos. Todos nuestros valores están edificados sobre esto''. Y ojo, que esto no son palabras sacadas de contexto por un puñado de maliciosos neocons ni las pronunció en sus candorosos dieciocho años, sino apenas en 2001, siendo ya viceministra de Medio Ambiente de Kenia, y con ocasión de aprobar la campaña de castración forzosa promovida por los munguniki.
Por lo que se refiere a lo segundo, Maathai ha promovido las prácticas estatalizadoras que han frenado en seco el desarrollo de Kenia entre los países de su entorno. Un buen ejemplo fue la nacionalización de la cabaña de caza mayor, concretamente de los rinocerontes y los elefantes. En otros países, como Tanzania, se optó por la solución contraria, y los animales se privatizaron entre los propietarios rurales. Como bien explicaba Rafael Termes en una interesante ponencia organizada por la Fundación Iberdrola en el año 2002, la solución tanzana propició el enriquecimiento del país y la mejora en la conservación de las poblaciones de animales, mientras que en Kenia el furtivismo, la dejadez de los funcionarios y la práctica desvaloración de los animales han representado una disminución notable de la cabaña y un importante lucro cesante que, como siempre, repercute en la población.
Por desgracia, el único valor que la Academia ha podido encontrar en Maathai es su furibundo antioccidentalismo, característica siempre muy apreciada por parte de la progresía occidental. No sólo porque se haya hecho eco de la especie absurda de que el virus del SIDA es una creación de malvados doctores occidentales, en el estilo del Doktor Muerte de los comics de nuestra infancia o algo parecido, cuyo objetivo era diezmar a la población negra o, tal vez, vender las vacunas a un precio elevado para lucrarse con ello; ni tampoco porque profese una aversión irracional (y, por otra parte, casi ritual entre los progres de la Tierra) contra las empresas, a las que considera fuente de todos los males, según se ha encargado de poner de manifiesto en su discurso de recepción. No, su fundamentalismo antioccidental no es contingente, sino sustantivo y proviene de una cosmovisión profundamente primitiva y antihumanista, que desplaza al Hombre del centro del Mundo para colocar en dicho centro, a la manera de los cultos animistas, una amalgama difícilmente comprensible compuesta por el propio hombre, la naturaleza y Dios, de forma que, es de suponer, para Maathai, tan sujeto de derechos serán los árboles como los hombres, los animales como las personas, los espíritus de los antepasados a los que se quiere aplacar en su ira como las mujeres cuyos genitales se amputan precisamente en sacrificio a la memoria telúrica de esos antepasados indiferentes y crueles. Significativamente, en su discurso de recepción ha afirmado que el desafío es restaurar el hogar de las ranas y devolver a nuestros niños un mundo de belleza y maravillas. Ranas y niños, por ese orden. Y ranas como elemento de belleza en el mundo que debemos legar a los niños. Nada de colegios donde los niños puedan aprender, ni industrias donde puedan obtener un empleo el día de mañana, ni siquiera comercios donde puedan adquirir alimentos y bienes de primera necesidad. Nada de eso: ranas en una charca, puestas en su lugar para goce de un par de diletantes estúpidos, mientras los niños se mueren de hambre y las niñas son privadas de su sexualidad en el nombre del sacrosanto ecologismo.
Con todo, lo preocupante no es que exista Wangari Maathai. Personas equivocadas e idiotas existirán siempre. Lo preocupante es que instituciones occidentales, cuya labor debería orientarse a garantizar la promoción del modelo de vida que, según se ha demostrado largamente, mejor procura la libertad y la prosperidad de las personas, se dediquen a promocionar a figuras nocivas como la nueva Premio Nobel, ofreciendo así al mundo un modelo profundamente erróneo y haciendo suya una propuesta suicida ante los grandes retos que todavía le quedan por afrontar al género humano en su perpetua busca del bienestar.

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posted by Freelance at 7:03:00 p. m.