viernes, diciembre 31, 2004

Polar Express

Pese a la que está cayendo, permitidme que despida el año con un poco de auténtico (y emocionado) espíritu navideño.
Como si 2004 no hubiera sido ya un año lo bastante espantoso, ha querido cerrarse con la catástrofe natural más dañina que se recuerda, quizá desde el desastre de Krakatoa; uno de esos hechos que, como decretados por la mano de un ciego hado destructor, nos muestran la faz más descarnada de la vida. Pese a todo, la vida misma sigue y, a despecho de esa y otras muchas preocupaciones, ayer fui con la familia al cine, a ver Polar Express.
Renuncio a escribir un comentario técnico de la cinta; soy lego en esa materia y además no es mi propósito al trazar este breve comentario. Sólo quiero anotar aquí que, al finalizar la película, no había un solo niño en toda la sala que no luciese una esplendorosa sonrisa de genuina ilusión, ni un solo adulto, siquiera el de corazón más duro y alma más callosa, que no estuviese enjugándose con pudor un par de lágrimas, mitad producto de la honda belleza de la película, mitad tributo a los sueños para siempre perdidos de la infancia.
Chesterton dejó dicho que "en las cuatro esquinas de la cama de un niño montan guardia Hércules y Sigfrido, Perseo y Rolando. Impidiendo al niño que crea en esos héroes no haréis de él una persona más racional; simplemente le dejaréis solo para luchar contra los diablos. Porque en los diablos, ay, creeremos siempre". Ayer, mientras la película desgranaba su historia mínima y bella, una muralla se levantó a nuestro alrededor para protegernos por un instante de los aullidos de los diablos, las górgonas y los chacales que acechan fuera, en el yermo del Mundo; una muralla que merece la pena construir y que sería una gratuita y estúpida crueldad no preservar para que, mientras seamos capaces, sirva de refugio a nuestros hijos y encienda en ellos la luz de la ilusión y la fe inocente en la magia de la Navidad.
Y que incluso, como ayer, nos acoja por un breve momento a nosotros, aunque ya hayamos perdido el don, y quien sabe si el derecho, de escuchar la música de los cascabeles del trineo de Papá Noel.
Feliz Año para todos.

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posted by Freelance at 11:34:00 a. m.