miércoles, enero 05, 2005

Ayudas estatales en el Índico: un debate absurdo

En nuestro mundo globalizado, echarle las cuentas a los gobiernos por su caridad está de más cuando cada uno de nosotros tiene todas las facilidades para donar, de su propio bolsillo, todo el dinero que le parezca y a quien le parezca.
Está visto que no existen sentimientos genuinamente puros: inmediatamente después de la piedad por las víctimas, todo el mundo ha sentido la necesidad de enzarzarse en una bizantina disputa acerca de lo generosos o tacaños que han sido los gobiernos en el uso de fondos públicos para ayudar a las víctimas de los Tsunamis del Índico. La razón, como casi siempre, hay que buscarla en la obsesión antiamericana de muchos, muy especialmente de la nomenklatura de la ONU. El resultado, en todo caso, ha sido que, al final, se ha hablado más de las cantidades y procedencias de los fondos destinados por los diferentes gobiernos para ayudar a las víctimas que de las víctimas mismas y su terrible peripecia humana.
Sin embargo, no cabe imaginar un debate más absurdo, ni menos justo. En nuestro mundo globalizado, echarle las cuentas a los gobiernos está de más cuando cada uno de nosotros tiene todas las facilidades para donar, de su propio bolsillo, todo el dinero que le parezca y a quien le parezca.
No existe caridad más falsa que la del Gobierno. Como dicen en los pueblos, siempre se hace con escapulario ajeno. Para el Gobierno, nada más fácil que desviar el dinero recaudado a los ciudadanos hacia cualquier fin pretendidamente humanitario que se le ocurra, que después siempre podrá obtener un rédito electoral apelando a argumentos lacrimógenos y, lo que es peor, podrá consolidar oportunamente las cantidades donadas en las cuentas públicas para explicar así cualquier desajuste, cualquier déficit, ante la comprensión compungida del respetable.
Recuerdo debates pasados en relación con el igualitarismo que defienden tantos izquierdistas. Con extraordinaria frecuencia he tenido que escuchar o leer que "antes que de las personas, la obligación de fomentar la igualdad entre los pueblos (por la vía de la donación directa) corresponde a los gobiernos, que nos representan". En el debate presente subyace la misma idea, es decir, la subrogación que muchos hacen en los poderes públicos incluso de aquellos bienes espirituales que pertenecen a la íntima esfera moral del individuo, como es, desde luego, la caridad (en este caso) o el la concepción igualitaria de la sociedad (en el caso puesto como ejemplo). Estos apóstoles de la estatalización de la caridad o de la justicia social terminarán abogando por la nacionalización del amor filial, del goce o de la conciencia.
Lo realmente deseable habría sido que ningún gobierno hubiese donado absolutamente nada, y todas las donaciones hubiesen procedido de la iniciativa particular, en la medida de la caridad de cada uno. Echando un simple vistazo a las iniciativas y las cifras recaudadas con origen en los bolsillos particulares (links tomados al azar: 1, 2, 3, 4, 5) puede constatarse que la confianza en la natural inclinación del hombre a socorrer a sus semejantes, como consecuencia de un impulso genuinamente humanitario y sin necesidad de imposiciones estatales, está perfectamente fundada. De acuerdo con este razonamiento, no sorprende que los países donde las donaciones particulares han sido más cuantiosas son aquellos donde menos intervención tiene el Estado sobre los individuos.
El movimiento se demuestra andando, y la coherencia se demuestra actuando. Quienes exigen a los gobiernos mayores donativos y les acusan de tacaños (de forma inícuamente selectiva) deberían dar cuenta de sus propias acciones dirigidas a paliar el sufrimiento de las víctimas. Acciones que, tristemente, brillan en muchos casos por su ausencia.

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posted by Freelance at 3:20:00 p. m.