sábado, enero 29, 2005

Simancas el especulador

Un humilde semanal de pueblo, el Mercado Villaviciosa y Boadilla, nos trae una noticia de la que pueden obtenerse interesantes conclusiones.

Según leemos en la edición de esta semana, Rafael Simancas, azote de especuladores y Torquemada de acaparadores de metros cuadrados, es propietario desde hace cosa de un año de un chalet adosado en Boadilla del Monte. Dice el artículo que la revalorización del inmueble desde su compra, en términos de valor de mercado, puede haber sido de unos 40.000 €, pero resulta mucho más llamativa la plusvalía con respecto a su valor de adquisición (es decir, el que presuntamente pagó Simancas), plusvalía que se dispara en este caso a los 370.000 €.

Todo eso estaría muy bien de no ser porque el chalet permanece vacío y, de hecho, no ha sido habitado desde su entrega. Es decir, el único rendimiento que le ha producido a su propietario ha sido un rendimiento patrimonial, sin que haya servido a la función social que el propio Simancas y su partido atribuyen a la vivienda en su peculiar ideario, sobre todo en época electoral. Es más, de acuerdo con dicho ideario, Simancas no sólo está especulando con el valor de su vivienda, sino que está privando de su derecho a alguno de esos jóvenes que, por falta de recursos, no disfrutan aún de una, en aplicación de ese principio socialista de que la miseria de unos es consecuencia de la opulencia de otros.

Una primera lectura de la noticia puede llevarnos a pensar que Simancas es un inconsistente y un demagogo, por hacer justo lo mismo que condena de cara a la galería. Y será una lectura correcta: en Política, pocas cosas son menos excusables que la inconsistencia. Sin embargo, con ser correcta, esa lectura quedará incompleta si no entramos a analizar, siquiera brevemente, donde se encuentra la virtud y donde el defecto en las actitudes contrapuestas de Simancas, en sus proclamas electoralistas o en sus hechos manifiestos.

Para tranquilidad de Simancas, diré que sus hechos me parecen no sólo legítimos, sino la mar de sanos: invertir en un inmueble con la esperanza de revenderlo pasado del tiempo por un precio mayor no es más que una expresión perfecta del funcionamiento del mercado. Que luego el propietario, en ejercicio de sus facultades dominicales sobre el inmueble, decida mantenerlo vacío o cederlo en uso a título gratuito a una familia de inmigrantes nigerianos ya es cosa suya. El que compra un bien para después revenderlo está especulando, sí, pero con su dinero: lo mismo puede obtener un enriquecimiento que incurrir en una pérdida. Si un determinado mercado es muy expansivo y garantiza ganancias elevadas sucederá que mucha gente concurrirá a él, incrementando la demanda y elevando, por tanto, los precios: eso es justamente lo que ha sucedido con el mercado de la vivienda en España, ante los bajos tipos de interés (que hacían poco interesante la renta fija) y la relativa inestabilidad de los mercados financieros. Buena prueba de que el precio de la vivienda es un efecto de la demanda, no un problema de escasez causada por los malvados especuladores (como cualquiera que no sea socialista entendería rápidamente) es que la cantidad de metros cuadrados construidos a disposición del público no ha hecho más que crecer durante los últimos años, con sucesivos récord en el número de viviendas nuevas construidas.

Podría objetarse que la capacidad de demanda se encuentra sólo en los especuladores, es decir, que son éstos los que adquieren la mayor parte de los inmuebles disponibles, para desdicha de quienes los necesitan para vivir. Sucede, sin embargo, que el porcentaje de viviendas vacías en España se encuentra, dependiendo de la estadística consultada, entre el 13 y el 18%, porcentaje donde deben considerarse incluidos los vacíos técnicos (es decir, viviendas en oferta de venta o alquiler) y numerosos errores de censo. Por tanto, la repercusión de la especulación pura es escasa dentro del conjunto del mercado inmobiliario, donde el primer motor de crecimiento son los adquirentes de vivienda habitual (un 62%) y de vivienda de recreo (15%, datos a 2003).

El comportamiento de Simancas es, pues, correcto, y sus propuestas electorales son las equivocadas. Eso es algo que cualquiera con un mínimo de sentido común sabe. El propio Simancas lo sabe, de ahí sus actitudes privadas. Lo que debería explicarnos es por qué en tiempo de elecciones dice lo contrario de lo que hace.

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posted by Freelance at 4:30:00 p. m.