martes, enero 18, 2005

Un refugiado holandés

Como dicen siempre las películas de la sobremesa, esta historia, aunque ligeramente novelada, está basada en hechos y personas rigurosamente reales.
Cuando escuchamos la palabra refugiado en seguida la asociamos mentalmente a todas esas imágenes que, con machacona insistencia, ofrecen los medios de comunicación, obtenidas en esos lugares que hemos aprendido a conocer como zonas de conflicto, y donde verdaderas muchedumbres se hacinan, con lo puesto, en precarios poblados móviles formados por tiendas de campaña con el logotipo de ACNUR o de Cruz Roja.
Sin embargo, uno puede refugiarse de muchas cosas, y los conflictos pueden presentarse bajo muy diversas apariencias.
Uno de mis socios tiene una casita en una playa del sur de España. El vecindario es mayoritariamente extranjero: alemanes, británicos, escandinavos, casi todos de edad ya madura, mudados a España para dejar transcurrir aquí sus años de retiro. No son precisamente lo que entendemos normalmente por refugiados.
Uno de los vecinos de mi socio es un viejo holandés, ex empleado de la Phillips, algo impedido del lado izquierdo. No hace mucho que vive en España, pese a que llevaba ya más de diez años jubilado. El otro día entabló una larga conversación con mi socio, y en ella le hizo una sorprendente revelación: en realidad, era un refugiado.
- Las cosas en Holanda se están poniendo serias para los ancianos, ¿sabe? Ahora es la norma que permitirá aplicar la eutanasia activa a los niños pequeños sin otra autorización que la de los padres; pronto será la que permita aplicársela a los ancianos sin más autorización que la de los hijos; mucha gente en Holanda habla ya de la necesidad de implantar esa norma, lo consideran una especie de derecho de tipo ético. Yo tengo dos hijos: no son malos chicos, pero tienen mucho trabajo, muchas ocupaciones. De momento, yo me valgo bastante bien, pero he tenido un par de accidentes cerebrales: el siguiente puede dejarme postrado en la cama y, lo que es peor, privado del habla, quien sabe si de la capacidad para comunicarme. Esa posibilidad me obsesiona en cierto modo, me da mucho miedo. Mire, se lo aseguro, mis hijos no son dos malas personas, pero ¿cómo iban a poder cuidar de un viejo paralítico? Ellos deben dedicarse a sus propios hijos, a sus mujeres, a su trabajo. Por otra parte, un asilo es muy caro en Holanda. Yo no digo que mis hijos tengan que cuidarme ni que costear un asilo para el cual, de todas formas, no tienen dinero. Pero ¿sabe? tengo bastante miedo. Si caigo enfermo, no sería raro que decidieran quitarme de enmedio: al fin y al cabo, la gente anda diciendo que esto es un derecho de los propios ancianos, una exigencia ética. ¿Por qué no iban a creerlo también mis propios hijos, si mucha gente lo dice, si el propio Estado lo dice, y hasta lo autoriza? Seguramente, si mis hijos autorizasen mi eutanasia, lo harían creyendo de corazón que estaban ayudándome, puesto que las Leyes así lo establecen y tanta gente bien informada, periodistas y científicos y catedráticos lo dicen. Yo, sin embargo, tengo miedo. Seguramente que es mejor morir cuando uno está imposibilitado, pero qué quiere que le diga: yo no quiero morir así. Por eso he venido a España. Aquí no existen esas leyes. Si caigo gravemente enfermo, en algún sitio me tendrán, digo yo. A veces, eso sí, echo de menos a mis nietos. A mis hijos también, claro.
En España, donde ha venido huyendo de la eutanasia, el viejo refugiado holandés se siente protegido ante sus hijos y ante el Estado, al contrario que en Holanda. Al menos por ahora.

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posted by Freelance at 9:23:00 p. m.