viernes, febrero 18, 2005

Por qué votaré NO a la Constitución Europea (5)

5. PORQUE ES SOCIALISTA (continuación del Motivo 3)
3.2. Porque pretende regular el mercado.
Ronald Reagan dijo en una ocasión que si a la democracia se le ponen apellidos, deja de ser democracia: de este modo, democracia sería a camisa lo que democracia popular a camisa de fuerza. Con el mercado pasa algo parecido.

El mercado es el lugar (o el sistema) donde los agentes económicos concurren en régimen de libertad de elección e igualdad de oportunidad para conjugar sus intereses naturalmente armónicos y construir a consecuencia de los mismos relaciones mutuamente beneficiosas. Es la única forma que el hombre ha concebido a lo largo de toda su historia para satisfacer sus apetencias y necesidades no sólo sin lesionar a los otros, sino contribuyendo a satisfacer también las necesidades ajenas al tiempo que se satisfacen las propias.

Es una tautología muy extendida (pero bastante necesaria en nuestros días) designar al mercado con el nombre de “libre mercado”, porque la libertad es una de sus condiciones constituyentes: sin libertad no hay mercado.

Dicha denominación, libre mercado, surgió por la necesidad de distinguir el mercado de los muchos sucedáneos que le han salido a lo largo del s. XX, producto del pensamiento y la política de izquierdas: mercado intervenido, mercado regulado, mercado restringido. Uno de los que se han puesto más de moda en los últimos tiempos es el llamado mercado (o comercio) justo. Esta expresión no se les cae de la boca a los antiglobalización y a los izquierdistas en general. Contra lo que puede parecer, no es un simple pleonasmo (ya que el único comercio justo imaginable es el libre comercio); por el contrario, la expresión comercio justo responde a una línea de pensamiento diametralmente opuesta a la verdadera libertad de mercado. Como suele suceder con los mantras izquierdistas, no se sabe muy bien qué se quiere decir con la expresión de marras, pero parece que se refiere a la implantación de ciertas medidas coercitivas destinadas a favorecer a algunos agentes económicos por encima de otros siguiendo criterios absolutamente caprichosos: a los productores de materias primas sobre los manufactureros, a los cultivadores sobre los distribuidores, a los productores pequeños sobre los grandes, etc. He aquí una definición obtenida en algún sitio: "Un tipo de comercio social cuya finalidad no es la búsqueda del máximo beneficio sino la ayuda al desarrollo". Es decir, una ostensible invasión intervencionista en el mecanismo del mercado.

El razonamiento es peregrino: según los profetas del comercio justo, es una injusticia terrible que un cultivador ecuatoriano de, por ejemplo, plátanos cobre el kilo a diez céntimos de euro mientras que el consumidor final paga, en el supermercado de su barrio, un euro, es decir, diez veces más, diferencial que, se supone, se embolsa el minorista íntegramente (por aquello del máximo beneficio) en detrimento del pobre bananero, que con esos precios ni se desarrolla ni nada, por mucho que luego el mismo europeo que defiende el comercio justo se muestra también favorable a mantener las barreras arancelarias que protegen al plátano de Canarias contra el de Ecuador, más barato y de mejor calidad.

Es decir, para nuestros justicieros detractores del modelo capitalista, el transporte del plátano hasta los mercados mayoristas; la conservación y el envasado del mismo; el seguro de transporte y el riesgo de pérdida o deterioro de la carga; el marketing publicitario del producto; las infraestructuras de venta, que incluyen enormes redes de establecimientos abiertos al público, costosos expositores frigoríficos, numerosos empleados, almacenistas, cajeros, reponedores y encargados; según los pro - comercio justo, decía, todo eso no tiene coste, por lo que no debe incrementar el precio en origen. Curioso análisis de la realidad empresarial. Pero más curioso todavía es que, como quiera que los plátanos no se desplazan por sí mismos desde las regiones tropicales hasta los mercados de Europa ni se protegen motu proprio de la putrefacción, los adalides del mercado justo han tenido que arbitrar métodos para sustituir a las malvadas corporaciones capitalistas en la tarea de poner el producto origen a disposición del consumidor final, retribuyendo al mismo tiempo al productor con una renta que excede notoriamente el valor que realmente aporta al mercado. Fruto de este proceso, nos encontramos con que los productos que se venden en las llamadas “tiendas de comercio justo” son mucho más caros y, generalmente, peores. Con frecuencia nos enteramos, además, de que detrás de dichos establecimientos se mueven intereses particulares nada altruistas, sino más bien cercanos a la estafa.

Como casi siempre, lo que subyace en este tipo de campañas y movimientos es el simple odio hacia la economía de mercado, una cerril desconfianza hacia las personas que obran en libertad y una especie de nostalgia irresistible de la Comuna, del aldeanismo a lo Rousseau y Fray Dulcino y, como no podía por menos, la deletérea influencia de la Izquierda liberticida y totalitaria, que pretende sustituir la voluntad libremente expresada de los individuos por la imposición arbitraria de un tercero, el Estado, del que los izquierdistas pretenden erigirse en oráculos y, al final, beneficiarios.

En el Art. I-3.4 del Texto del Proyecto de Constitución Europea se hace referencia al comercio justo. Es decir, el legislador europeo se ha dejado llevar, como en tantas otras cosas, por el afán de corrección política que tanto gusta en nuestro continente y bajo el que se esconde, la mayor parte de las veces, un simple ataque a nuestro modo de vida, al modo de vida que, mal que bien, nos ha proporcionado las mayores cotas de libertad, bienestar y prosperidad.
Conmigo que no cuenten para votar eso, claro.

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posted by Freelance at 8:00:00 p. m.