viernes, marzo 11, 2005

Llamadas perdidas

LLAMADAS PERDIDAS


Al parecer, de entre el macabro montón de cuerpos hechos pedazos, empezó a surgir una extraña música, una misteriosa polifonía que, por un instante, nadie pudo identificar, hasta que todos cayeron en la cuenta de que se trataba del timbre de muchos teléfonos móviles, los teléfonos móviles de los muertos. Con horror, comprendieron los enfermeros y médicos y policías que bullían alrededor de la humeante pila de cadáveres que aquel sonido que se alzaba, en su variedad de melodías caprichosas, era la voz sin respuesta de las viudas desconocedoras, de los desprevenidos huérfanos, de los padres ignorantes de haber perdido ya sus hijos. Y así la orquesta extraña de teléfonos móviles interpretó aún durante un breve intervalo su fúnebre responso hasta que callaron, dejando entre el montón de muertos sus llamadas perdidas. Perdidas para siempre porque, como aquellas cartas que Bartleby clasificaba y que contenían inútiles cartas, cheques, tarjetas y anillos, ya no encontrarían destinatario sobre la tierra.

En un momento como este se adormece la razón, abrumada por las sensaciones pero, con rara precisión fotográfica, se aguzan en la conciencia las imágenes. Lo primero que imaginé fue a los autores del crimen mientras hace días, hace semanas y meses, lo planeaban en pisos, en parques, en cafeterías. Mientras, rodeados del atareado ir y venir de los corderos, decretaban su designio de lobos planteando alternativas, escogiendo medios, descartando posibilidades, rigurosamente, ominosamente. Imaginé la minuciosa elección de los lugares donde colocarían las bombas, como fumigadores que diseñasen la ubicación de sus trampas raticidas, salvo que eran personas lo que aquí se pretendía exterminar. Imaginé las discusiones sobre si esperar a que el tren estuviese en marcha o activar las bombas estando aún parado, y el modo en que debieron de calcular que el talud de la vía, o el muro de la estación, ayudarían a incrementar la fuerza expansiva, para así matar mejor. Imaginé cómo analizarían, con quirúrgica certidumbre, la forma en que debían recargar las mochilas de tuercas y rodamientos que penetrarían en la carne indefensa de las víctimas, y los cálculos que harían, quien sabe si en la mesa de al lado de un restaurante: 50 muertos en Santa Eugenia, 100 en el Pozo, 200 en Atocha, ese es el objetivo, ahora vamos a ejecutarlo.

Otra visión fue superponiéndose poco a poco a la primera: en la televisión, un muchacho de unos veinte años y rasgos americanos narraba con palabras sencillas, que el acento cantarín del altiplano tornaba en imprevistamente dulces en medio del espanto, la forma en que, mientras la policía y los sanitarios llegaban hasta el tren en ruinas, había estado asistiendo a los heridos peores, aunque también él sangraba por muchas cortaduras, en el rostro, en las manos. Junto a él una muchacha eslava, herida en la frente, lloraba, y señalaba los hierros donde, al parecer, se había perdido su marido. Mientras tanto, según pude ver en el vaivén de las imágenes que ofrecía la cadena, se agolpaban frente a los hospitales multitudes de donantes de sangre, que habían respondido al llamamiento urgente de las autoridades. Se mezclaban los peruanos con los alcarreños, no pocos polacos y rumanos con argentinos, marroquíes y andaluces, madrileños con aragoneses, franceses con catalanes. Aún tardé un tiempo en darme cuenta que asistíamos, todavía entre el humo de la masacre, a la derrota de los asesinos, viendo como aquellos hombres y mujeres salidos de los cuatro rincones del mundo entregaban juntos lo que tenían, su sangre, para socorrer a los hermanos heridos en este tiempo de necesidad. Entendí que aquello era lo que los chacales habían querido destruir en el loco paroxismo de su cerrazón nacionalista, de su odio tribal, pero sin éxito, y también sin esperanzas: los blancos y los negros, los opulentos y los pobres, todos unidos por el dolor y el deber, acudían juntos a demostrar, sin darse cuenta, que los asesinos han perdido la partida.

Mañana, mañana será el tiempo de la razón, aunque sea ésta la razón de la ira y el derecho del legítimo odio. Hoy, sin embargo, es el día en que la razón se adormece y cobran dolorosa nitidez las imágenes, especialmente una: los teléfonos móviles que suenan sin que sus dueños puedan, como tantas otras veces, con ese gesto tan banal y cotidiano, responder a la llamada, porque están muertos.

EAF para LQQSE. 11 de marzo de 2004.

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posted by Freelance at 10:13:00 a. m.