martes, marzo 22, 2005

No podemos conducir por ti

La DGT ha lanzado (nunca mejor dicho: nos la arrojan a la cara por todas partes) la nueva campaña de seguridad vial, sintomáticamente titulada No podemos conducir por ti.
Podemos seguir mejorando las carreteras, podemos intensificar la información sobre el tráfico, podemos duplicar los controles de velocidad, pero sin tu colaboración todo esfuerzo es inútil... no podemos conducir por ti.
Ese es el texto con que una voz apesadumbrada nos martillea desde el vídeo de la campaña. Es decir, no contento con suplantar la voluntad de los ciudadanos a la hora de crear infraestructuras, el Estado paternal y munífico se lamenta, porque no puede sustituirnos también en el acto de subir a nuestros coches y circular. Es como ese padre que trata de guiar a sus pobres y desvalidos hijos entre los agudos escollos de la vida, y siente un gran desgarro cuando les ve partir, desprevenidos y torpes.
Alguno habrá que se conmueva, y hasta que se le salten las lágrimas por la emoción; por mi parte, me alegro mucho de que el Estado no pueda conducir por mí. Y me alegro porque:
  • Me saldría mucho más caro cada viaje, ya que el Estado me cobraría una jugosa tasa por conducir por mí.
  • Nunca se sabría si el Estado iba a decidir, por mi bien, que es mejor ir a Bilbao que a Valladolid, aunque yo quisiera ir a Valladolid.
  • Algunos destinos se verían beneficiados por misteriosas exenciones o gravámenes, de modo que mis elecciones se verían mediatizadas por adventicias y caprichosas reglas generalmente indescifrables.
  • Si nos detuviese un día la Guardia Civil y el chófer-Estado diese positivo en el control de alcoholemia, ni siquiera podría denunciarlo, ya que el Estado se beneficiaría de su estatus jurídico privilegiado.
  • Probablemente, tendría que sobornar al Estado para que me llevase a según qué destinos, mientras que otros me serían rigurosamente vedados por razones que no se me explicarían.
  • El Estado escogería itinerarios de interés público para llevarme a mi destino, itinerarios que no tendrían nada que ver con los de mi propio interés y que me harían incurrir en considerables rodeos y retrasos.
  • Durante el trayecto se proyectarían películas de Almodóvar y Amenábar. Aunque a mí me guste más el cine de Arnold Schwarzenegger.
  • El Estado me obligaría a llevar conmigo, a mi entera costa, a personas de renta más baja que la mía, en aplicación del sagrado principio de la solidaridad social.
  • Por respeto a la diversidad cultural, si el Estado me llevase un día a Málaga por elección mía, al día siguiente me llevaría a Gerona por imposición suya.
  • El Estado aplicaría coercitivamente una cuota de género: mis acompañantes tendrían que ser hombres y mujeres al 50%. Y si un día no hubiese más remedio que hacer el viaje con la única compañía de una persona de mi mismo sexo, nos casaría, suponiendo que éramos gays.
  • Mi Estado-chófer me obligaría con toda seguridad a escuchar la SER durante el viaje.
  • El Estado se pondría en huelga de vez en cuando y se negaría a conducir para mí. Quien bien te quiere te hará llorar.
  • En aplicación de la jornada laboral pública, sólo podría viajar de 8 de la mañana a 3 de la tarde, con interminables paradas para desayunar, leer el Marca, charlar con los compañeros...
  • Seguramente tendríamos muchos accidentes, a veces muy graves. Si algo ha quedado claro a estas alturas es que el Estado, cuando trata de guiarnos por la senda del bien, generalmente nos conduce al desastre.
De modo que gracias, señores de la DGT. Prefiero seguir conduciendo por mí mismo.

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posted by Freelance at 4:56:00 p. m.