martes, abril 12, 2005

Al filo de la tontería

TVE estrenó hace un par de semanas la que, se supone, es su proyecto de serie estrella para el prime time de los jueves: Al filo de la Ley, que es eso que el espectador llamaría "una de abogados". Pero todo parecido con la realidad es pura coincidencia.
Las películas y series de abogados o, más precisamente, de juicios, gozan de gran pronunciamiento entre los espectadores. Cómo olvidar aquella serie legendaria, Perry Mason, o películas del estilo de Llamad a cualquier puerta, Matar a un ruiseñor o Doce hombres sin piedad. Movidos, seguramente, por esa convicción, es decir, que los intríngulis judiciales interesan al respetable, los cerebros de TV1 han decidido aplicar el modelo con la serie Al filo de la Ley.
Sucede que el tipo de trama procesal que reflejan las películas que estamos acostumbrados a ver se corresponde con el modelo judicial norteamericano, muy distinto del español. Al imitar de forma indisimulada al cine yanky, la serie de la Uno resulta una simple impostura a los ojos de un profesional del derecho español.
En España, no existiendo la institución del jurado popular con la raigambre que tiene en el sistema anglosajón de administración de Justicia, el papel del abogado es mucho menos histriónico que el que han inmortalizado las películas de Hollywood. Las vistas judiciales en España están mucho más profesionalizadas: el Juez es un profesional, los abogados, fiscales y procuradores también. La tarea del abogado consiste mucho más en construir, por medio de los escritos procesales, una argumentación sólida en defensa de los intereses de su cliente, y queda poco espacio para esa brillantez de oropel, esa oratoria manierista con que se identifica (repito: por influjo del cine) a los abogados. Por otra parte, la Justicia en España es notoriamente formalista: los trámites y fases procesales están tasados de un modo bastante rígido, lo que impide que se presenten esas sorpresas de última hora que tanto gustan a los espectadores.
En la serie de TV1, llevados del entusiasmo, los guionistas han introducido numerosas incongruencias que hacen de la serie algo más postizo que una armadura de Cornejo. Lo primero que me llamó la atención es que, para un juicio penal por asesinato donde el despacho sobre el que gira la trama defiende a un ex-boxeador sin recursos, dos abogados dediquen su tiempo completo. Reconozco que el comentario sonará cínico, pero ningún despacho de España estaría dispuesto a dilapidar tantos recursos en un juicio donde, previsiblemente, no se va a cobrar un duro. Juicios como ese suelen ser carne de turno de oficio, no de abogados con traje de Armani o de Elena Benarroch.
Naturalmente, en la serie se producen diferentes situaciones de esas que antes calificaba de "sorpresas": testigos de última hora, etc. En España, teniendo en cuenta la rigidez del proceso que antes comentaba, esas situaciones son poco menos que imposibles. Especialmente graciosas me parecieron las escenas en que, en plena vista oral, un pasante acudía a soplarle novedades a los abogados: en un Juzgado español, el Juez habría llamado a la Policía para que desalojase de la sala al pasante, al grito de: "Pero ¿qué hace usted? ¡Usted no tiene la palabra!". En otra escena, una abogada muy combativa le decía a un cliente remiso, víctima de un malvado empresario explotador, que, con o sin su consentimiento, "ella iba a continuar con la demanda". Claro, mujer: para eso está la Justicia, para que las abogadas noveles arreglen el mundo. Ahora, que quedó de lo más politically correct.
Hay otros gazapos que pueden pasar desapercibidos para quienes no están familiarizados con el Derecho Procesal, pero que contribuyen a dar una visión distorsionada y artificialmente negativa de nuestra Justicia. Por ejemplo, en la serie es frecuente ver cómo los abogados de una parte se ponen en contacto directamente con la parte contraria sin pasar por el obligado filtro de sus respectivos abogados; eso está rigurosamente prohibido en España, cosa por lo demás francamente lógica: de otro modo, los abogados servirían para bien poco, y los clientes, en general desconocedores de sus propios derechos y de las garantías que les protegen, quedarían en manos de la retórica y las presiones de los abogados contrarios.
También me ha llamado la atención el extraño personaje, algo así como un detective privado, que ayuda a los abogados a conseguir pruebas, a veces con métodos completamente ilegales que, sin embargo, en la serie se nos pintan como la cosa más natural del mundo. No sé de ningún despacho donde exista una figura semejante. Lo que sí sé es que sus servicios no se pueden minutar a los clientes de ninguna forma reconocida en los Criterios adoptados por la Junta de Gobierno del Colegio de Abogados. Y si algo no se puede minutar, simplemente no existe. Los abogados no son detectives, ni su trabajo se parece al de un detective, aunque en la serie se les vea cada dos por tres emulando a Sam Spade. Sin embargo, no he visto a nadie darse un solo paseo al Registro de la Propiedad, que es el pan nuestro de cada día de los pasantes.
Y claro, no podría dejar de hacerme eco de la airada protesta de mi mujer cuando vio la serie: los Procuradores brillan por su ausencia.
En resumen: una serie completamente falsa, que abunda en toda clase de tópicos y que proporciona una imagen completamente deformada (ni mejor ni peor; deformada e irreal) de la Justicia en España. Por lo menos hay que reconocer que las actrices son muy monas; algo es algo.

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posted by Freelance at 8:09:00 p. m.