martes, abril 19, 2005

La Gloria del Olivo

Benedicto XV reinó como Romano Pontífice sobre la cristiandad entre los años 1.914 y 1.922. En el mundo era Giacomo della Chiesa, Cardenal nombrado por su antecesor, Pío X, sólo dos meses antes de su coronación.
Cuando el cardenal della Chiesa se sentaba por primera vez en el trono de Pedro, Europa se entregaba a los primeros furores de la I Guerra Mundial: la patria de la cristiandad se revolvía, herida de muerte. La primera encíclica de Benedicto XV (datada el 1 de noviembre de aquél año infausto) se dirigió a los cristianos de Europa, invitándoles a retomar el Evangelio, y exortándoles a detener la horrorosa carnicería con que deshonraban al continente y ahogaban en sangre la civilización cristiana. Mantuvo durante toda la contienda una neutralidad absoluta y, cuando el 1.919 se firmó el armisticio, dirigió Benedicto sus esfuerzos a un doble propósito: primero, indujo a los vencedores a no imponer condiciones inaceptables a los vencidos; con ese fin escribió una carta a Woodrow Wilson para que el armisticio no se convirtiese en una humillación de Alemania; segundo, exhortó a los crisitianos a ayudar a las poblaciones habrientas de Alemania y de Rusia, fundamentalmente en auxilio de los niños. Incluso introdujo en la letanía de Loreto (el popular Rosario) una nueva invocación: Regina Pacis, ora pro nobis.
Es evidente que las palabras de Benedicto no fueron escuchadas: la conferencia de París resultó en unas condiciones que alimentaron el rencor de los vencidos, rencor que desembocó veinte años más tarde, junto con otras causas, en una confrontación cien veces peor que la primera. Por ello, el Papa escribió opiniones durísimas sobre el Tratado de Versalles y vaticinó que, en efecto, no traería la paz al mundo, sino la guerra.
Benedicto XV se propuso mejorar las relaciones de los gobiernos terrenales con la Santa Sede y, así, levantó la prohibición que pesaba desde 1.870 por la que un rey católico no podía visitar conjuntamente el Quirinal y el Vaticano. Por desgracia, cuando el Rey Alberto de Bélgica se proponía convertirse en el primer soberano en ejercitar el nuevo orden dispuesto por el Papa, le sobrevino a éste la muerte a causa de una bronconeumonía aguda, el 22 de enero de 1.922. Según se dice, las últimas palabras de Benedicto XV fueron las siguientes: "Ofrecemos gustosos nuestra vida por la paz del mundo".
Benedicto XV dedicó su breve pero profundo pontificado a luchar contra la guerra fratricida entre los europeos; su temprana muerte le impidió enfrentarse al gran mal que se alzaba en el Este al mismo tiempo que él agonizaba en el Oeste: el Marxismo, ese monstruo de la historia al que Juan Pablo II, en unión de una formidable casta de políticos liberales anglosajones, consiguió dar fin.
No sabemos por qué habrá escogido el Cardenal Ratzinger su nombre de Benedicto XVI. El peso enorme del Papa Woytila habrá velado de respeto y reverencia un posible Juan Pablo III, y el nombre del Papa que combatió a la Guerra entre cristianos habrá parecido un apelativo digno y justo a este infatigable defensor de la ortodoxia cristiana, a este conservador en el mejor sentido del término, lejos de guiños demasiado condescendientes con el relativismo doctrinal (Juan) o con el ensimismamiento (Pío).
Otra explicación cabe, no obstante. Igual que en Benedicto XV se inició el ciclo de una de las peores persecuciones del alma cristiana a lo largo de toda su historia (el Comunismo), ciclo que cerró con mano de hierro Juan Pablo II, tal vez Benedicto XVI se proponga emprender su propio ciclo frente a la gran amenaza que se ha alzado contra la paz, contra la libertad, contra la justicia y contra la esencia cristiana que alienta detrás de cada uno de esos principios: esa gran amenaza no es otra que el Islamismo.

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posted by Freelance at 8:49:00 p. m.