domingo, mayo 22, 2005

El reino de los Cielos.

El pasado viernes se cumplieron 11 años desde que mi mujer cometió la extravagancia de casarse conmigo. Para celebrarlo fuimos al cine, a ver El reino de los Cielos.
Debo reconocer que la película me pareció algo mejor de lo que había esperado. Como ya es habitual en el cine más moderno y especialmente en el de Ridley Scott, la película es muy brillante, con una fotografía sensacional, una ambientación sumamente eficaz (a lo que contribuye un vestuario muy estudiado) y una concepción escénica, sobre todo en las grandiosas escenas de guerra, insuperable.
Sin embargo, como también sucede en la mayor parte de las películas, el enorme presupuesto destinado a efectos visuales, a figurantes y a exteriores parece haber ido en detrimento del destinado al guión: la película, como ya sucedió con Gladiador, peca de simplona en muchos casos, de fría y no pocas veces de inverosímil.
Contra lo que he leído en algunas críticas, no creo que la sensación de inverosimilitud proceda de la elección de un Orlando Bloom demasiado tierno para el papel de Balián de Ibelín, ni tampoco del rocambolesco salto, inexplicable, que le transforma, de humilde herrero, en el genial estratega capaz de poner en jaque al gran Saladino. De hecho, creo que ese es uno de los pocos hallazgos felices de la película. Bloom, joven, bien parecido, de apariencia vagamente angelical, encaja muy bien en el estereotipo del caballero perfecto que cantaron los juglares; del caballero adolescente de corazón sin pecado, como Perceval, que pasó de ser un pobre labrador a conquistar el Grial, o como Galahad, según les describiesen la Vulgata arctúrica o Chretién de Troyes en sus ciclos sobre el legendario Rey de Camelot. En la épica cruzada, cuyo componente de emulación de los cantares de gesta y las novelas de caballería era evidente, nada de extraño habría tenido una historia como la propuesta por Scott, la historia de un joven herrero bastardo que se revela, por obra y gracia de la Fe, como un campeón de Cristo, capaz de las mayores hazañas, de los portentos más increíbles, hecho que, por cierto, sin duda se produjo en multitud de ocasiones en la verdadera historia de las Cruzadas. Sólo otra gran empresa histórica asistió, siglos después, a proezas semejantes: la Conquista de América, donde fue posible que un porquerizo conquistase, al mando de apenas quince hombres, el vasto Imperio del Perú.
Tampoco comparto otras críticas que he leído, tachando a la película de politically correct, de condescendiente con el rollito multi-culti, por su retrato algo severo de los cristianos y bastante benévolo de los musulmanes. Lo cierto es que, en aquella ocasión, los cristianos demostraron no encontrarse a la altura de los elevados fines religiosos que decían profesar, mientras que Saladino sí fue un caudillo inteligente, hábil, compasivo y de enorme altura política. Muerto el patético Rey Balduino IV el Leproso, los caballeros cristianos se abandonaron a sus rencillas y sus luchas por el poder; Reinaldo de Châtillon fue, ni más ni menos, tan irresponsable y cruel como se lo pinta en la película, e hizo del asesinato de indefensos mercaderes y de romper treguas laboriosamente ganadas su deporte favorito; Raimundo de Trípoli (el Tiberias de la película, interpretado por un excelente Jeremy Irons) lejos de ser el hombre ecuánime y justo que pinta Scott, fue un hombre testarudo e iracundo, frecuentemente arrebatado por su ambición de hacerse con el trono aunque, desde luego, mostró un gran talento guerrero y fue leal al Rey Leproso mientras éste se mantuvo con vida; Guido de Lusignan, sin embargo, antes que un malvado, debió de ser más bien un hombre irresoluto y de escasas luces, un muñeco en manos de su intrigante mujer Sybila (que no fue la muchacha doliente de la película sino una verdadera trapisonda, ambiciosa, resuelta y cruel) y de su no menos intrigante suegra, la Madama Àgnes. No, los caballeros cruzados que perdieron Jerusalén no merecen un cuadro menos severo que el pintado por Scott y, de hecho, a aquella generación, a su incapacidad para unirse en un solo frente, a su falta de cálculo y a sus mezquinas ambiciones se debió la pérdida del reino cristiano de Palestina que Godofredo de Bouillón y los suyos habían conquistado 88 años antes.
La sensación de irrealidad a la que hacía referencia se debe a la pretensión moralizante (y absolutamente ajena a la época) que aparece cada dos por tres en el discurso de Balián, en su forma de pensar. Se colocan en boca de un caballero cruzado reflexiones imposibles para un hombre del medioevo. Su afirmación de estar defendiendo Jerusalén del asalto de los ejércitos de Saladino en defensa de la libertad del pueblo es inconcebible, está completamente fuera del alma medieval. El discurso de Balián no tiene, en la película de Scott, ni esa aura vagamente fanática, de soldado de Cristo que comentaba más arriba, ni el punto cínico que cabría esperar de alguien que ha visto tantas traiciones, tantas profanaciones, tantos perjurios. En lugar de eso, este Balián metido a demócrata suelta un alegato propio de un idealista moderno, pero que habría sonado a chino a un verdadero cruzado. Para el hombre del medioevo, la libertad sólo seguía a la muerte, a la liberación de las cadenas de la carne; la vida siempre era servidumbre.
Notorias e inconfesadas influencias.
He rebuscado por todas partes y no he visto que en ninguna hayan puesto de manifiesto las notorias (y, hasta donde yo sé, inconfesadas) influencias de la novela El Unicornio, obra del gran novelista argentino Manuel Mújica Láinez, sobre la película de Scott. No es sólo que la novela y la película narren más o menos los mismos acontecimientos históricos, que podemos ubicar hacia el final de la Segunda Cruzada; es que los paralelismos entre las situaciones planteadas por Scott y la recreación novelada de Mújica Laínez son sospechosamente iguales. El Balián de la película no se parece nada al histórico, pero tiene muchas semejanzas con el novelesco protagonista de El Unicornio, Aiol de Lusignan.
Como el Balián de la película (y no el auténtico), Aiol era un joven algo rústico, bastardo de un señor de buena familia, Ozil, segundón de los Lusignan, que regresa de Tierra Santa para buscar a su hijo ilegítimo, lo mismo que Godofredo (un excelente Liam Neeson) retorna a Francia en busca de Balián (por cierto que el padre del verdadero Balián se llamó también Balián, no Godofredo). La escena en la que Balián es armado caballero es también semejante a la de la novela: como en la película hace Godofredo moribundo con Balián, Aiol es armado caballero por su padre, Ozil, ya muerto, en un pasaje memorable. Como Balián, Aiol huye a Tierra Santa atormentado por un pecado nefando (en este caso, el amor incestuoso de su hermana, Azaláis) y, lo mismo que Balián, en seguida destaca como un diestro y arrojado caballero. Las crónicas de la época recogen la hazaña de un anónimo hombre de armas que defendió la poterna de la fortaleza de Kerak de las acometidas sarracenas mientras los últimos feudatarios del valle acudían a refugiarse al abrigo de las murallas. Sin duda que no se trataba de Balián de Ibelín como propone la película, que era uno de los grandes señores cristianos y, de haber realizado semejante acto de valor, lo habrían recogido los cronistas; Mújica atribuye la hazaña, con legítima inventiva, a su vástago literario, Aiol de Lusignan. Y son muchos más, demasiados, en fin, los paralelismos entre el falso Balián de Scott y el novelesco Aiol de Mújica Láinez, como para no considerarlos deliberados.
Balián de Ibelín y la verdadera historia de la caída de Jerusalén.
La figura histórica de Balián de Ibelín es una de las que más y mejor han resistido el paso del tiempo, gracias sobre todo a la crónica de la época que nos ha dejado Ernoul, que fuera escudero de Balián y testigo directo de la caída de Jerusalén, en su Estoire D'Eracles, pero también a través de los escritos de Guillermo de Tiro.
Los Ibelín fueron una de las familias más prominentes entre la nobleza cristiana de Palestina, denominada los potrillos, es decir, aquellos señores nacidos ya en tierras de Oriente Medio. Balián y su hermano mayor, Balduino, señores de Nablús e hijos de Balián el Viejo (no de ningún Godofredo), formaron parte del grupo de notables que trataron de poner orden en el reino cristiano de Oriente después que el infortunado Balduino IV hubiese rendido su último aliento en marzo de 1.185, y se destacó por su lealtad a los deseos del difunto Rey Leproso y por su buen juicio. Era un hombre muy religioso (al contrario de lo que apunta la película de Scott) y, lejos de ser un pobre bastardo recién llegado a Palestina, estaba sólidamente establecido y se encontraba, de hecho, casado con la reina María Comneno, viuda de Amalrico I y madre, por tanto, de la princesa Isabel Comneno, esposa de Honfroi de Torón.
Muerto el Rey Balduino IV, los Ibelín tomaron partido por el legítimo regente designado por aquél, Raimundo de Trípoli, y se consagraron a la defensa de los derechos dinásticos del heredero, Balduino V, sobrino del leproso e hijo de Sybila y de Guillermo de Monteferrato, hasta el punto que el niño Balduino fue coronado estando en brazos de Balián de Ibelín. Sin embargo, el enfermizo Balduino V murió al poco tiempo, de nueve años de edad, poniendo en peligro la unidad de los barones, tan frágil como lo había sido su salud y, con ella, la unidad del reino franco de Oriente. En efecto, mientras que Raimundo de Trípoli pretendía hacer valer sus derechos de regente, el senescal Joscelyn de Courtenay proclamaba reina a Sybila, hermana de Balduino IV y esposa de Guido Lusignan; a este partido se unieron en seguida el violento Reinaldo de Châtillón y el gran maestre del Temple, Gerardo de Ridefort, que odiaba a Raimundo de Trípoli. El resto de grandes feudatarios de la corona, los Ibelín entre ellos, permanecieron leales al Conde de Trípoli, y propusieron, tras un cóclave celebrado en Nablús, que el candidato al trono fuera el joven Honfroi de Toron, marido de la hijastra de Balián, Isabel Comneno.
En Jerusalén, entretanto, se producía un hecho vergonzante. El tesoro de Jerusalén, donde se custodiaban las coronas reales, se abría por medio de tres llaves, dos de las cuales estaban en poder del Patriarca de la Ciudad y del Gran Maestre del Temple, partidarios ambos de Sybila y de Guido; pero la tercera era custodiada por el Gran Maestre del Hospital, Roger Des Moulins, quien permanecía fiel a la voluntad postrera del Leproso. Sin embargo, tanto insistieron los conspiradores, que Des Moulins arrojó la llave con desprecio desde su ventana, de modo que los otros, sigilosos como ladrones, pudieron hacerse con los tesoros de Jerusalén y coronar a Sybila y a Guido reyes de los Francos de Oriente.
Raimundo de Trípoli y sus aliados, no obstante, contaban con mayor número de hombres de armas y con la posibilidad de llegar a acuerdos de paz con Saladino, cosa que la presencia de Châtillón hacía imposible para el campo contrario. Sin embargo, un acontecimiento inesperado vino a dar con sus proyectos por tierra: su candidato, Honfroi, huyó de Nablús y se entregó a Sybila y a Guido, desconcertado y muerto de miedo. Según el cronista, se presentó ante los reyes de Jerusalén y soportó la regañina de éstos "rascándose la cabeza, como un niño desconcertado".
La deserción de Honfroi deshizo el partido de los leales. Raimundo de Trípoli les devolvió su juramento a todos y hasta Balián de Ibelín acudió a jurar lealtad de los nuevos monarcas. Sólo su hermano Balduino Ibelín y el propio Raimundo se negaron a rendir pleitesía al Lusignan, y se retiraron a Galilea, donde se encontraba la esposa de Raimundo y desde dónde éste comenzó a conspirar para que el propio Saladino le procurase el trono, que ambicionaba para sí después que la espantada de Honfroi le convenciese que no había nadie más digno de ocuparlo que él.
A causa de las tremendas disensiones internas entre los caballeros cristianos, Guido, haciendo de la necesidad virtud y pese a su escasa estatura como hombre de Estado, procuró mantener la tregua que Balduino IV había firmado antes de morir con Saladino. Sin embargo, como tantas otras veces antes, Reinaldo de Châtillón dio al traste con cualquier esperanza de paz: atacó una caravana de mercaderes que se dirigía a Moab y causó numerosos muertos. Saladino, que no era un salvaje, envió emisarios a Guido pidiendo el castigo del culpable y la devolución de lo robado, pero Guido, que dependía en exceso de Reinaldo, no quiso o no pudo hacer efectiva la petición del caudillo kurdo. Mientras tanto, Raimundo de Trípoli se apresuró a ganar la simpatía de Saladino reafirmando la tregua para Galilea, lo cual fue interpretado por Guido como una traición. Sólo los buenos oficios de Balián de Ibelín impidieron la guerra civil en aquella ocasión, pues convenció a Guido de que debía parlamentar con el Conde de Trípoli, no atacarlo, entre otras cosas porque el Conde de Trípoli contaría, con toda seguridad, con la ayuda de Saladino.
No obstante, una nueva desgracia se cruzó en el camino de la Jerusalén cristiana. Deus lo volt, era el grito de guerra de los cruzados, pero a las claras se veía que Dios no quiso que Jerusalén siguiese en manos de los francos. Después que Balián hubiese convencido al Rey Guido para negociar, envió éste a Tiberiades una delegación al mando de aquél y compuesta por caballeros del Temple y del Hospital acompañados de un pequeño contingente. Balián de Ibelín, sin embargo, se separó de la legación para pasar la fiesta de San Felipe y Santiago orando en compañía del obispo de Sebastea (Samaria). En tan inoportuno momento, una embajada de Saladino pidió permiso al Conde de Trípoli para que un nutrido destacamento atravesara sus tierras de Tiberiades al objeto de reconocer Palestina. El Conde no pudo negarse, porque le ataba su acuerdo secreto con Saladino, pero puso como condición que los sarracenos atravesaran sus tierras de ida y vuelta en un solo día, y sin hacer daño a propiedades ni personas. Pero la desgracia quiso que las tropas de Saladino se encontrasen en su camino con la delegación llegada de Jerusalén, y que el inconsciente Maestre de los Templarios, Ridefort, provocase a los mamelucos, que les exterminaron a todos, ya que eran 7000 contra apenas 150. Cuando Balián alcanzó el lugar de la batalla no halló más que cuerpos mutilados. Sólo Ridefort (que huyó) y otros dos caballeros lograron salvarse y dieron cuenta a Guido, que entendió aquello como una gran traición del Conde de Trípoli. El propio Conde, despavorido por el resultado de su acción, corrió a pedir perdón a Guido, que lo aceptó en seguida, aliviado de quitarse de enmedio a tan peligroso rival.
Sin embargo, la guerra con Saladino era inminente. Los cristianos, por fin unidos por vez primera tras la muerte del Leproso, habían conseguido reunir un ejército muy considerable, semejante en número al del caudillo kurdo. Éste, en lugar de dirigirse a Jerusalén o a las tierras de Châtillón se dirigió a Tiberiades y puso sitio al castillo, del que estaba ausente el Conde de Trípoli, por lo que fue defendido por su esposa, Eschiva, y por la pequeña guarnición que allí quedaba.
Si los cristianos se hubieran resistido a la tentación caballeresca de partir al rescate de la dama sitiada y hubieran acantonado sus tropas en Acre o en Seforia, podrían haber triunfado. Sin embargo, cediendo a las locas arengas de Châtillón y de Ridefort, partieron en plena canícula, a atravesar el desierto, sin agua bastante y con sus pesadas cotas de malla. Cuando los batidores y espías de su ejército le confirmaron que las huestes de los francos avanzaban hacia él, Saladino se arrodilló y dio gracias a Alá: la victoria era suya. El calor y la sed diezmarían a sus enemigos, y él haría el resto.
Saladino aguardó a los cristianos en las laderas de una colina, conocida como los cuernos de Hattin, poco antes del largo declive que desemboca en el lago Tiberiades. En efecto, cuando los cristianos llegaron, se encontraban exhaustos, enloquecidos por la sed y las alucinaciones. La batalla, pese a todo, fue formidable, porque los francos eran combatientes excepcionales. Sin embargo, al fin Saladino impuso su superioridad táctica y numérica frente a hombres agotados. Raimundo de Trípoli y Balián de Ibelín lanzaron a sus hombres, formando una cuña, contra el centro del ejército sarraceno, y lograron partirlo en dos: con ellos iba el condestable Reinaldo de Sidón. Pero, conteniendo las acometidas de éstos en su retaguardia, la vanguardia de los mamelucos se cerró como una pinza de hierro sobre los hombres de Guido y de Châtillón, sobre los templarios y hospitalarios que combatían como leones defendiendo la tienda del Rey, y finalmente les aplastaron. Allí fue vista por última vez la Vera Cruz, que el Obispo de Belén había llevado en todas las batallas de los cruzados y que guardaba la reliquia, hallada por Santa Elena, del lignum vitae, el madero que contuvo la torturada carne de Cristo en la Pasión.
Apresado el rey Guido, muerto Châtillón a manos del propio Saladino, huído Raimundo a Trípoli, Balián de Ibelín se acantonó en Tiro con la mayor parte de los supervivientes de los Cuernos de Hattin, mientras Saladino se demoraba sometiendo todas las ciudades cristianas del litoral: Acre, Nablús, Torón, Jaffa. Con Tiro, fuertementa amurallada y defendida por el valeroso Balián, Saladino no pudo; después de unos días de sitio, pasó de largo y conquistó, sin combatir, Sidón, y con más esfuerzo Beirut, Jebail, Ascalón y Gaza. Entretanto, Balián había salido, con el permiso de Saladino, de Tiro para reunirse con su esposa y sus hijos en Jerusalén, de donde quería llevárselos de vuelta a Tiro; Saladino accedió a condición que Balián acudiese desarmado y que permaneciese allí sólo un día. Sin embargo, cuando Balián comprobó el menesteroso estado de la Ciudad Santa, sin un sólo líder capaz de dirigir la defensa ante el sitio inminente, escribió a Saladino para pedirle perdón, porque iba a faltar a su juramento. Saladino, que respetaba a Balián, haciendo alarde de su carácter caballeroso una vez más, le envió un séquito para acompañar a la reina María y a sus hijos a Tiro.
Balián defendió Jerusalén durante 10 días, los que tardó la muralla en caer. La defensa de los cristianos en las brechas y las barbacanas llenó de asombro a los atacantes. Sin embargo, finalmente, Balián acudió a parlamentar con Saladino las condiciones de la rendición, porque entre los propios defensores los cristianos ortodoxos no parecían dispuestos a seguir ayudando a los latinos, a quienes juzgaban culpables de todos los males que habían caído sobre ellos. Cuando Balián acudió a pedir unas condiciones favorables, Saladino le recordó que Godofredo de Bouillón no había dejado un alma con vida y que él se proponía hacer otro tanto; Balián replicó asegurando que, de verse obligado, destruiría todos los edificios sagrados de los musulmanes que existían en la ciudad. Saladino, magnánimo, impuso un rescate de 10 denarios por cada uno de los 20.000 habitantes de la ciudad, aunque sólo pudieron reunirse 30.000 denarios del tesoro más los que los habitantes tenían en sus bolsillos, con los que finalmente pudieron ser rescatados 7.000 defensores. Saladino y su hijo liberaron de forma unilateral a unos 1.000 más, y también a muchos ancianos, mujeres y niños, y concedieron centenares de prisioneros a Balián y al patriarca Heraclio, que los liberaron en seguida. El resto de habitantes de la ciudad fueron vendidos como esclavos, pero los sarracenos no les tocaron ni un pelo.
Balián regresó a Tiro, con su mujer María Comnena y sus hijos. Fue uno de los más grandes capitanes cruzados. Murió en el año de 1193 (el mismo año en que murió Saladino) sin que se conozcan con exactitud las circunstancias de su muerte.

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posted by Freelance at 5:42:00 p. m.