viernes, mayo 13, 2005

En relación con un artículo de David de Ugarte.

Nunca antes había entrado en la bitácora de David de Ugarte, de quien he oído hablar muchas veces, la mayor parte de ellas mal. Ayer fue la primera vez, por tanto, que accedía a Deugarte.com y por eso leí el breve artículo titulado "Zapatero contra la dictadura de los muertos".
En realidad, antes de leer el artículo reparé inevitablemente en la parafernalia que lo rodea. La cabecera de la bitácora es un conjunto de fotografías del autor: el autor de niño; el autor de adolescente; el autor en compañía de una chica; el autor con unos amigos; el autor con un señor de barba; el autor consigo mismo, muy sonriente. Tampoco dejé de reparar en el abusivo uso de frivolidades de corte infantilón destinadas a crear una pose, una fachada, como los literales del sistema de comentarios: todo eso de Tetsuo, llamarles haikus a los comentarios, los enlaces mutados en psicofonías y los lectores que son nobles samurais, macanas demostrativas de un ego desbocado que tal vez doten al autor de un halo legendario de cara a los chavales, pero que le restan seriedad ante los mayores, o al menos ante quienes no nos dejamos deslumbrar por baratijas. Recuerda a esos quinceañeros infatuados que, para entrar al chat, se ponen lobo_solitario como seudónimo.
Atendido, pues, el envoltorio, nada tiene de sorprendente el contenido. Pese a todo me sorprendió: no creí que pudiera juntarse tanta miseria moral con tanta ignorancia autocomplaciente.
En primer lugar, se explica bien la identificación planteada en el artículo con Zapatero; como él, Ugarte se deja llevar por el frenesí de una verborragia inconsistente, tras la cual no cabe hallar otra cosa que el vacío o la insidia. Bajo la máscara de lo revolucionario, de lo diferente, de lo outsider, se ocultan nada más que una tontería tras otra, pura palabrería sin sustancia. Un ejemplo muy revelador lo encontramos cuando, en el remolino de sus adventicios calambures, acusa a Jon Juaristi de personaje posmoderno, demostrando que se ha molestado menos en comprender qué significa el término posmoderno que en construir una frase pretendidamente asombrosa. Si hemos de ser rigurosos, el concepto de posmodernidad parece concebido especialmente para individuos como Ugarte, es decir, gente que se aparta de los principios que definen la modernidad (el uso de la razón y la consideración del individuo como único sujeto de derechos y obligaciones; principios muy exigentes que no casan con quienes quieren hacer de la prestidigitación su modo de vida) para abrazar corrientes más o menos esotéricas, más o menos iniciáticas e irracionales de pensamiento, como sea esa especie de secta llena de claves misteriosas, de códigos ininteligibles y actitudes surrealistas a la que él pertenece, lo ciberpunk, la Sociedad Red y otros cuentos de camino que suenan como a jerigonza mitad Matrix mitad Crónicas de la Dragonlance.

Sin embargo, la parte fundamental de su escrito es ese descubrimiento de la regla taxonómica que distingue entre vivos y muertos, apoyada en una dialéctica que resultaría odiosa si no fuera porque es simplemente falsa y demagógica. Al establecer su dicotomía tramposa entre la dictadura de los muertos que pretendería imponer Rajoy y la lealtad a los vivos que, según él, encarna Zapatero, Ugarte está obviando, parece que conscientemente, que los muertos, al menos los muertos cuya memoria deshonra Zapatero cuando coquetea con sus verdugos, son la consecuencia de la acción deliberada de éstos, y que la memoria de dichos muertos no es más que el recordatorio, la constatación de que todos somos candidatos a engrosar sus filas si los asesinos así lo decretan y quienes deben impedirlo no lo impiden sino que proponen, frente a los asesinos, talante y diálogo, es decir, cesión, trapicheo, intercambio, precio. Los muertos, la memoria de los muertos, representan el mandato de no pagar a cambio de conservar la vida, porque nada hay más inícuo ni más contrario a la defensa de la verdadera libertad que pagar por la propia vida, que ceder al chantaje para no ser asesinado. Nadie pretende traficar con los muertos pasados (cuya memoria es necesario, en todo caso, honrar, y me gustaría mucho conocer las opiniones de Ugarte si el próximo muerto fuera alguien de su cercanía), ni es la necrológica pulsión de gobernar para ellos lo que está en juego, sino que ellos son la plasmación empírica de la amenaza que pesa sobre todos nosotros, sobre los vivos: convertirnos en muertos igualmente, en moneda de cambio al servicio de los intereses de los asesinos y de quienes les alientan, utilizan y toleran.
Esos y no otros son los muertos que de verdad están sobre la mesa: los que aún no habitan los cementerios; los que todavía estamos vivos, desprevenidos e ignorantes de que una pistola apunta a nuestra frágil cabeza; incluso los que andan por ahí sonrientes, ahuecándose y diciendo tonterías con voz campanuda sin saber que llevan, que todos llevamos una cruz de tiza pintada en la nuca.

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posted by Freelance at 7:07:00 p. m.