lunes, mayo 02, 2005

Inmersión lingüística: totalitarismo e idiotez económica

Mi artículo titulado Hacia el ghetto castellano en Cataluña, aparecido en FC el día 26 de abril y, sobre todo, alguno de los comentarios vertidos por los lectores del mismo, demandaban algún género de continuación. Dos excelentes artículos me sirven de adecuado prefacio: el primero lo leemos en el Cuaderno de Bitácora de Eduardo de Nó y en él se reflexiona, precisamente, sobre uno de los comentarios mencionados, escrito por un convencido del nacionalismo catalán; el segundo es obra de Juan Ramón Rallo y lo encontramos en Todo un hombre de Estado.

Precisamente Rallo pone de manifiesto una verdad que suele ser pasada por alto en este debate, pero que sin duda resulta muy propia de una mente eminentemente económica como la de Rallo: un idioma, lejos de ser un fin, es un medio, una herramienta de comunicación, y el estímulo para su aprendizaje debe estar en relación directa con el valor que el hablante encontrará como contrapartida al mismo. Recuerdo que, hace ya tiempo, escribí en cierto foro de Internet algunas reflexiones sobre lo mismo, reflexiones que no me parece del todo inútil reproducir aquí.


Como casi todas las cosas, esta mansa controversia se puede aclarar, creo yo, recurriendo a partes iguales a los principios más básicos y al sentido común.

Empezando por el final, o sea, por el sentido común, coincidiremos en que una lengua, un idioma, es un bien, un valor; lo llamaremos un "tesoro". Hay tesoros más grandes y otros más pequeños, lo mismo que algunos son muy accesibles y otros son lejanos e inalcanzables.

El español es un tesoro de enormes proporciones: permite comunicarse (charlar, hacer negocios, debatir, enamorarse) con 400 millones de personas y leer a algunos de los autores más grandes de la Historia de la Literatura. El inglés, por ejemplo, es probablemente el más grande tesoro lingüístico que existe, porque se ha convertido en el moderno esperanto de la empresa y del turismo y, además, franquea el acceso a Shakespeare, a Melville, a Poe, a Chesterton, a Conrad...

Rechazar esos tesoros quien los tenga a su alcance es como ir tirando por la calle todo el salario del mes, billete tras billete; es acto propio de imbéciles y de mentecatos.

El catalán, el vasco o el gallego son tesoros de modestas proporciones, igual que el gaélico, el bantú o el papiamento. Naturalmente, proporcionan la posibilidad de leer a Joanot Martorell, a Bernardo Atxaga o a Rosalía de Castro, que están muy bien. Sin embargo, desde el punto de vista práctico, la verdad es que no aportan gran cosa, porque si sabes español, te manejas de maravilla en las regiones vasco, gallego y catalanoparlantes. Yo me muevo mucho por todas ellas y jamás, jamás he tenido un solo problema de comunicación como los que he tenido, por ejemplo, y enormes, en Holanda, en Austria o en Francia, por razones obvias.

Ahora bien: para los habitantes de aquellas regiones, esas lenguas locales son tesoros, si bien pequeños, sí de acceso muy sencillo: sería del género tonto renunciar a ellos porque sí.

Pero habíamos quedado en no perder de vista los principios fundamentales. La libertad es el más fundamental de todos ellos. Si alguien que es gallego hasta la enésima generación decide no aprender gallego por principio, es muy libre; si un andaluz de Chiclana se aplica en el aprendizaje del vascuence, pues muy señor mío; si un valenciano decide sentirse tremendmente orgulloso del conocimiento de su lengua vernácula, pues me parece estupendo. Pero si a un opositor para el cargo de jardinero en Barcelona le exigen que hable el catalán como el mismísimo Tarradellas, cuando es patente que para regar las flores y para acobijar los plantones no hace falta conocer la noble lengua de Jacinto Verdaguer, alto ahí, amigo: eso es un atentado grave contra la libertad individual de ese señor, una discriminación manifiesta contra él y una rendija por donde se ve cómo saca la patita el negro lobo de la Tiranía. Y ante casos como ese, no es de buenas personas mirar para otro lado.


Pero claro, el uso que el nacionalismo, todo nacionalismo, hace de la imposición de una lengua sobre las otras no procede de la simple incomprensión de estos principios, ni de una peculiar forma de demostrar su preocupación por la formación humana de los individuos. El nacionalismo emplea el idioma como instrumento de diferenciación, como muralla cultural, como frontera, en beneficio de la capacidad de influencia de unas determinadas élites. Frente a las fuerzas cosmopolitas e individualistas de la modernidad que de modo invariable difuminan el papel dirigista de la élite política en favor de la autoregulación de los individuos que obran en libertad, los nacionalistas alzan aquellos elementos puramente involuntarios de carácter pretendidamente colectivo, mítico y telúrico (la etnia, el territorio, la lengua de los ancestros) que tienden a recluir al hombre en un espacio delimitado y a supeditarlo a una entelequia supraindividual: la nación, la raza, de la cual los dirigentes pueden constituirse en aventajados oráculos y administradores.

¿Por qué? Indagar las razones filosóficas para la supervivencia de un ideal eminentemente medieval como es el nacionalismo se presenta como una tarea demasiado complicada, al menos para un breve artículo como este. Estratégicamente, sin embargo, es obvio que se ha constituido en la referencia obligada de los modernos totalitarismos en su afán por controlar a los individuos, por someterlos; y el uso de la lengua como instrumento de cohesión interna por una parte y de expansión imperialista y defensa frente a los extranjeros por otra ha sido una constante de esos mismos totalitarismos. De cohesión interna, porque la lengua es el vehículo de transmisión de la cultura ancestral, del origen mítico de la ideología nacionalista, y un rasgo diferenciador de primer orden; de expansión imperialista porque ha sido y es la excusa para intentar la anexión al núcleo nacionalista de aquellas áreas que, sin formar parte del mismo, comparten su lengua: así, por ejemplo, el nacionalsocialismo alemán con los sudetes o con Austria; el nacionalismo vasco con Navarra y el País Vasco Francés; el nacionalismo catalán con su delirante sueño de la Gran Cataluña que se extendería desde la Langue D’Oc hasta Murcia, abarcando las Baleares.

En cuanto a la defensa frente a los extranjeros, es evidente su uso en ese sentido por parte de los nacionalismos periféricos españoles; algo menos en el caso vasco, porque el vascuence es un idioma muy poco desarrollado, insuficiente para la comunicación moderna, de aprendizaje complejo y, de hecho, hablado por muy pocas personas; pero en el caso del catalán se ha convertido en el gran caballo de Troya nacionalista destinado a reventar, en beneficio de unos pocos, la convivencia con el resto de España, como se demuestra cada día.

Las consecuencias del nacionalismo como guía de acción política que los razonadores testiculares, bloqueados en su argumentario romántico e irracional, no parecen en disposición de ver están claras, y no son precisamente consecuencias beneficiosas. Así como el cosmopolitismo es una fuerza invariablemente generadora de riqueza, bienestar y libertad, el provincianismo y el ensimismamiento son dos vectores muy importantes de la involución y la pobreza. Cataluña lleva años padeciéndolos y lleva los mismos años ahondando en ellos con cerril empecinamiento. La política de exclusión lingüística impuesta desde la Generalidad durante los últimos 30 años ha significado, en primer lugar, que Barcelona haya perdido comba en su carrera con Madrid (que ha mantenido su marchamo de ciudad abierta, de acogida) por ser el polo principal de creación de riqueza en España: durante ese periodo de tiempo (cosa que, seguramente, no se enseña en las mismas escuelas catalanas donde se adoctrina a los niños en la veneración de Wifredo el Pilós y de Lluís Companys), Barcelona ha acumulado una recesión relativa con respecto a Madrid de más del 12% medida en términos de renta. Este fenómeno es consecuencia, en buena parte, de las barreras lingüísticas de hecho y de derecho que el nacionalismo ha impuesto a la libre circulación de personas y, con ella, a la radicación de empresas extranjeras y a la creación, en suma, de riqueza.

Por eso, no sorprende que los únicos razonamientos que los nacionalistas puedan esgrimir en su defensa se parezcan a los que mi amable lector exponía y Eduardo de Nó destaca en su artículo: llamar primitivos a los castellanoparlantes (como si el nacionalismo no fuese en sí mismo un retorno a la caverna) y afirmar, con ramalazo xenófobo, que nuestra lengua natural es el Moro o aun el Mono, a escoger. No, lo que sorprende es que, pese a las abrumadoras evidencias, muchas personas, jóvenes en su mayoría, sigan abrazando una doctrina que está en el origen de los peores totalitarismos del pasado siglo y que no hace sino sumir a sus regiones, esas que dicen amar hasta el delirio, en el embrutecimiento provinciano, la automarginación y la irrelevancia.


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posted by Freelance at 7:50:00 p. m.