viernes, mayo 13, 2005

Las botas del panteísta.

Hay una gran novela de G. K. Chesterton, El hombre que fue Jueves, donde se desarrolla una escena francamente curiosa (y simbólica): se enfrentan en un debate filosófico un anciano sabio, llamado profesor de Worms, y un farsante disfrazado que quiere hacerse pasar por el sobredicho profesor. Debaten ante una nutrida concurrencia y el objeto del debate es nada más y nada menos que demostrar quién de los dos es el auténtico profesor de Worms.
Visto que el aspecto físico de ambos era idéntico, porque el disfraz del impostor estaba sumamente conseguido, decide el verdadero profesor de Worms recurrir a la demostración por la vía del intelecto: sin duda su suplantador no será capaz de igualar su sutileza dialéctica ni la vastedad de sus conocimientos filosóficos. Hé aquí cómo narra el lance el falso profesor de Worms:
Traté de contrarrestarlo por medio de una artimaña muy simple. Cada vez que él decía algo que nadie, salvo él mismo, era capaz de entender, yo le contestaba algo que no podía entender ni yo.
De este modo, se produjo el siguiente diálogo:
- No creo -, dijo el verdadero profesor de Worms -, que usted hubiera podido establecer el principio de que la evolución es simplemente negación, desde el punto y hora que resulta inherente al mismo la introducción de lagunas que son esenciales en la diferenciación.
Yo contesté con sorna:
- Eso lo ha leído usted en Pinkwerts. La noción de que la involución actuaba de modo eugénico fue establecida hace ya mucho tiempo por Glumpe.
No creo necesario aclarar que Pinkwerts y Glumpe no existen. Pero todos los que nos rodeaban parecían, para mi sorpresa, recordarles muy bien, de modo que el profesor, dándose cuenta que el método culto y misterioso le dejaba en manos de un rival ligeramente carente de escrúpulos, recurrió a una agudeza algo más popular.
- Veo -, se burló -, que trata de imponerse como el falso cerdo de Esopo.
- Y usted yerra -, respondí yo sonriente -, como el erizo de Montaigne.
¿Necesito decir que no hay erizo de Montaigne?
- ¡Sus paparruchas empiezan a derrumbarse-, dijo - y lo mismo le va a pasar a su barba!
A mí no se me ocurrió ninguna respuesta inteligente para eso, que además era cierto y bastante ingenioso. Pero me reí abiertamente, respondí al azar:
- Claro, como las botas del panteísta...
Y me giré dándole la espaldas, como quien disfruta de su victoria.
Los allí presentes expulsaron al profesor, de modo poco violento, aunque un hombre intentó pacientemente arrancarle la nariz. He oído que ahora lo reciben en todas partes de Europa como a un amable impostor.
Parto de la base que el Debate sobre el Estado de la Nación no es importante; no es más que una escena, un rigodón parlamentario, donde no se debaten verdaderas propuestas ni se ofrecen alternativas reales. Pero en todo caso existen ciertas reglas dialécticas y existe también un determinado sustrato real, según haya sido la acción del Gobierno de turno, que permiten determinar quien ha resultado más convincente y quien menos.
Por eso, resulta francamente llamativo que varios medios hayan publicado los resultados de una encuesta elaborada por el Instituto Opina según la cual una amplia mayoría de españoles da vencedor a Zapatero en el debate. Es decir, una amplia mayoría de españoles cree que Zapatero estuvo más convincente, o pareció tener más razón, o dijo más verdad que Rajoy cuando lo cierto es que Zapatero se calzó para la ocasión las botas del panteísta.
Sorprende la extraña adhesión que demuestran no sólo la audiencia sino también los medios y comentaristas políticos por el esquivo mundo de las formas: gana el debate quien pronuncia las palabras más hermosas, quien arrulla mejor al personal con eufonías. En este mundo dirigido por las apariencias, las palabras ya no son símbolos al servicio de un significado, sino que son fines en sí mismas, y más razón tiene, por tanto, quien maneja los verbos más tranquilizadores, los adjetivos más halagüeños, aunque tras ellos no haya nada salvo el vacío o, mucho peor, el embuste.
Carente de escrúpulos en absoluto, como el apócrifo profesor de Worms, Zapatero se lanzó de cabeza a la espiral de mentiras manifiestas, apenas disimuladas tras un decorado de palabras hermosas cuyo fin único era embaucar a la audiencia que, sustentada en la miseria equidistante de la mayor parte de los medios, se ha dejado embaucar gustosamente. Las verdades, sin embargo, cuando son duras, cuando son dolorosas, mejor no escucharlas: son barbaridades, crispan, tornan el debate en un espectáculo bronco inaceptable en el reino del ansia infinita de paz; es más sencillo y queda mejor creer en las mentiras con tal que lleguen vestidas de blanco y con lazos en el pelo.
De nada sirve que los verdaderos paganos clamen en soledad por el respeto que merecen y que se les niega; la ciudadanía del reino del Talante ha decidido que es mejor mirar hacia otro lado, que es más sencillo adorar a Afrodita que a Minerva y que bien podría tener razón quien se calza, a la hora del debate, las botas del panteísta.

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posted by Freelance at 5:00:00 p. m.