martes, mayo 03, 2005

Liberalismo instintivo.

A la memoria de mi padre (2/12/1925 – 3/5/2003),
gran liberal instintivo y maestro en tantas cosas.


Yo he dicho muchas veces que me considero un liberal de andar por casa. Qué duda cabe que algunas lecturas me han ayudado a levantar un cierto andamiaje teórico pero mi liberalismo, como el de tanta gente, procede, sobre todo, de la experiencia. Me siento afortunado por poder afirmar que he vivido una vida rica en experiencias que me han llevado a ser desde becario hasta empresario; a través de cada una de esas experiencias he podido constatar que la voluntad libremente manifestada y ejecutada de los individuos conduce siempre a los mejores resultados para todos los agentes presentes en cada negocio, sea éste de la índole que sea; y, al contrario, he comprobado que cuando la voluntad de un tercero (el Estado bajo cualquiera de sus muchas formas) irrumpe coercitivamente en la relación, resulta ésta mucho menos satisfactoria para los intervinientes sin que de ello se derive beneficio alguno para nadie.

Eso, que es de sentido común, está muy lejos de ser compartido por el ideario izquierdista, que parte de dos postulados muy simples (y muy falsos): el primero, que los individuos tienen a formar voluntades antagónicas, no armónicas (cosa que Bastiat refutó con suficiente solvencia hace siglo y medio) y, segundo, que es posible concebir un órgano centralizado que planifique las relaciones entre las personas mejor que éstas mismas por su bien (proposición aún peor que la primera, refutada esta vez por Mises con incontestable rigor hace más de ochenta años). Esos dos postulados (expresados con enorme simplicidad) son la base de la doctrina intervencionista de la acción pública que debemos, por modo principal, a Keynes y al socialismo, la cual justifica la existencia de un Estado dotado de la capacidad de regular las relaciones entre los individuos en su propio beneficio. Es decir, del Estado que, aunque con notables variaciones de uno a otro, hoy conocemos y padecemos.

He mencionado, a propósito, dos refutaciones teóricas sobresalientes de las ideas socialistas para dotar a mi artículo del innegable poder de los argumentos ad auctoritate; sin embargo, mi propósito es demostrar (de un modo sin duda insuficiente y parcial) lo mismo que Bastiat, lo mismo que Mises, por la pedestre vía de los hechos. Es un hecho fuertemente acreditado que incluso los más furibundos defensores de la planificación incurren en algo que yo, no sé si con originalidad, he llamado liberalismo instintivo, es decir, en la convicción profunda, que trasladan a sus propios actos siempre que pueden, de que las relaciones construidas por la libre voluntad de las partes al margen de la planificación coactiva del Estado son siempre más satisfactorias que las basadas en dicha planificación, por mucho que ellos mismos la preconicen desde un punto de vista teórico, político o filosófico.

Estos días ha sido noticia el informe elaborado a petición de la Comunidad de Madrid y el Ministerio de Trabajo sobre precariedad en el empleo, de resultas del cual nos hemos enterado que el Partido Socialista y los sindicatos mayoritarios, CC.OO. y UGT, mantienen a la mayor parte de sus propios empleados (alrededor del 70%) en régimen de temporalidad. Tampoco hace tanto tiempo saltó a la luz el caso del político madrileño Rafael Simancas, que ha hecho de su pretendida lucha contra la especulación inmobiliaria una especie de cruzada personal, pero de quien sabemos que es propietario de un inmueble que mantiene cerrado sin que quepa entender de su actitud otra cosa que la pretensión de especular con su precio, es decir, lucrarse gracias al alza del valor de la propiedad inmobiliaria que el propio Simancas atribuye a la actuación de mafias y especuladores afines al Partido Popular, y no a las legítimas fuerzas del mercado.

Una primera lectura de ambos casos, hecha en clave puramente política, nos conduciría a reprobar la conducta del PSOE, de UGT, de CC.OO. y de Simancas por su inconsistencia, que aparte un pecado político de primer orden es una prueba de mendacidad, esto es, de inmoralidad. Como recuerda con gracia José G. Palacios, una cosa es predicar y otra dar trigo. Lo cierto es que la Izquierda es pródiga en este tipo de actitudes: aunque hemos destacado dos por estar de actualidad y por comprometer a personas de la vida política presente en España, la Izquierda en general se debate en una perpetua contradicción entre sus principios y sus actitudes, contradicción que Gerald A. Cohen puso de manifiesto, por lo que se refiere a uno de los grandes caballos de batalla del socialismo, como es la redistribución de la riqueza, en su libro titulado inequívocamente Si eres igualitarista, ¿cómo es que eres tan rico?

Sin embargo, la constatación de la inmoralidad de la actitud de los izquierdistas en general y de estos izquierdistas en particular no debe distraernos del meollo del asunto, ni sustituir el debate de las ideas por el de las personas. Un prejuicio muy común, difundido hasta la saciedad por la propia Izquierda, tiende a poner a salvo la virtualidad de sus ideas, acusando a los hombres (incluso a los correligionarios) de humana debilidad porque no son capaces de vivir conforme a ellas. Así, en el caso de la temporalidad en el empleo detectada en los partidos y sindicatos de izquierdas, el razonamiento inmediato no será que el principio es antieconómico e injusto, sino que la praxis está siendo errónea pero que principio (la necesidad de una imposición de determinado modelo de contratación laboral por parte del Estado) es inmarcesible, sacrosanto y metafísicamente justo.

Eso no es cierto. Lo cierto es que los responsables de personal de UGT, PSOE o CC.OO. están obrando movidos por ese liberalismo inconsciente que les conduce a adoptar el modelo de relación más ventajoso para ellos mismos y también para sus empleados, en tanto que otro modelo, más aproximado a sus huecas proclamas sindicales, basado en la contratación definitiva y en la correlativa elevación obligatoria de las cargas salariales, haría imposible su actividad y significaría, con toda probabilidad, la destrucción de la mayor parte de los puestos de trabajo que actualmente tienen cubiertos. Según el modelo que ahora están ejercitando, empleador y empleado están obteniendo de su mutua relación libremente constituida un resultado que valoran más que lo invertido en ella; del otro modo, la adventicia carga de la contratación indefinida convertiría el negocio en deficitario para el empleador, haciéndolo imposible.

Por desgracia, ni siquiera las personas que no son de izquierdas suelen ver más allá de las apariencias en casos como estos. Cegados por la dimensión moral del problema, es fácil que acepten de modo acrítico la pretendida virtud de los principios vulnerados y se limiten a criticar a los vulneradores por su inconsistencia, en vez de reconocer en sus actitudes esa profunda legitimidad que confiere el libre acuerdo entre los agentes que concurren sin ser coaccionados a un negocio. Descartada la cuestión fundamental y lanzado ya el debate por las ramas, la defensa de los inmorales será, entonces, bien sencilla: se limitarán a encargar otro informe donde se demuestre que la mayor parte de empresas tienen tasas de temporalidad semejantes o, mejor aún, que el Partido Popular mantiene entre sus empleados una tasa de temporalidad aproximada, lo que les permitirá agarrarse a ese mantra tan socorrido del todos-somos-igual-de-malos-pero-nosotros-al-menos-tenemos-ideas-benéficas. El debate se transformará en una catarata de juicios morales, ad personam, mientras que el debate verdaderamente enriquecedor y relevante, que es el debate de las ideas, se soslayará sin remedio.

Ciertamente, la flagrante contradicción entre lo proclamado por las organizaciones izquierdistas y sus actitudes materiales es una demostración de inmoralidad, que no es un vicio menor en política; pero la quiebra fundamental que conduce a dicha inmoralidad se encuentra en la perversidad de las ideas mismas que proclaman, no de las actitudes que ejercitan y que, precisamente, deben entenderse como una prueba, no de la inherente maldad del hombre (que es el meta-principio en que se basa toda la ideología de izquierdas) sino del carácter profundamente erróneo, pernicioso y antihumanista de los principios del socialismo, hasta el punto que ni sus propios defensores juzgan posible vivir conforme a sus postulados. Por su parte, las actitudes materiales en que han sido sorprendidos en este caso los partidos y sindicatos izquierdistas o el desdichado de Simancas, en tanto que basadas en la libre voluntad de las partes sin lesión de los derechos de nadie, son una muestra más de ese liberalismo inconsciente que mueve nuestro comportamiento, que nos acerca a la satisfacción de nuestras necesidades, que tonifica las relaciones humanas y al que los intervencionistas y planificadores de pacotilla, por cerrazón intelectual o por simple cálculo político, se niegan a conceder carta de naturaleza pese a vivir, como todo el mundo, bajo su irremediable y beneficioso influjo.

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posted by Freelance at 3:42:00 p. m.