viernes, mayo 27, 2005

Los días perdidos

Gracias a FrancoAlemán he leído el artículo Pretending to be happy, del Doctor Jack Wheeler, y lo cierto es que me ha gustado y, por qué no decirlo, me ha conmovido.
Supongo que a todos nos ha sucedido muchas veces: añorar el tiempo perdido, tratar de recuperar el tiempo que se fue para tratar de enmendar los errores, reparar los agravios, demostrar los cariños que quedaron, tal vez, demasiado poco demostrados. El método que Wheeler nos descubre es maravilloso porque, proyectándonos hacia el futuro con la fuerza de la imaginación, nos permite recuperar de un modo algo mágico el pasado, y nos coloca en la senda de dar mejor uso al tiempo presente.
Leyendo el artículo de Wheeler me he acordado de un cuento de tema semejante que leí hace mucho: I Giorni Perdutti, de aquel gran narrador italiano que fue Dino Buzzati. Me voy a permitir, llevado del estado de ánimo sentimental que me ha producido la lectura del texto de Wheeler, copiar más abajo una traducción libre del cuento de Buzzati que escribí hace algunos años.




El relato que sigue no es mío: es de mi admirado Dino Buzzati. El libro en el que figura, y cuyo título no recuerdo, se lo presté un día a algún conocido, sin retorno en tanto tiempo que ya desespero de recuperarlo. Este cuentecito me ha perseguido con tesonera insistencia desde hace años. Transcribo aquí las memorias que guardo de él, a modo de ingenuo exorcismo. Y también de homenaje.

El ingeniero Ernst Kazirra llegó a casa, una noche, después de toda una jornada de duro trabajo, y se sorprendió al ver salir por la parte de atrás, que daba a un callejón poco transitado, a un operario que llevaba al hombro una voluminosa caja y la cargaba en un camión, en cuyo interior se alineaban ya no pocas cajas idénticas. Al parecer se trataba de la última caja, porque el operario, antes que Ernst pudiera preguntarle qué andaba haciendo, ascendió a la cabina del camión y tomó calle adelante, hacia la carretera. Ernst le siguió en el coche, durante horas, por carreteras desconocidas que se deshacían en estrechos caminos solitarios, entre colinas que nunca había visto.

Ya era la hora anterior al alba cuando el camión se detuvo junto a un barranco bastante escarpado, y el operario saltó fuera de la cabina, abrió el camión y comenzó a arrojar metódicamente las cajas al fondo del barranco. Ernst detuvo el coche a pocos metros y comprobó que en el fondo del barranco se apilaban, en desorden, cientos de cajas todas iguales.

- ¡Espere! -, gritó Ernst al operario, que ya casi había vaciado el camión -. ¿Qué significa todo esto? Le he visto sacar esas cajas de mi casa ¿Qué hay dentro?

El operario, sin abandonar su labor, respondió:

- ¿No lo sabes? Son los días.

Ernst no comprendió las palabras del operario.

- Son los días -, repitió éste, impertérrito.
- ¿Qué días?
- Tus días, tus días perdidos. ¿No quieres verlos?

Ernst se aventuró por la empinada ladera del barranco y llegó, no sin apuros, hasta las primeras cajas diseminadas. Abrió la primera: en ella vio a su hermano Josué en la cama de un hospital, solo, y con aspecto de profundo abatimiento, pero él no tenía tiempo de ir a verle. Abrió otra, al azar; pudo ver la vieja casa del Abruzzo y a Duk, el fiel mastín, ya pura piel y huesos, amarrado a la verja, esperándole; pero él nunca tenía tiempo de ir a la vieja casa. En la tercera caja encontró una calle lluviosa, una tarde de otoño, y a Chiara que se marchaba llorando, y él ni siquiera le pedía que volviese.

Ernst miró hacia arriba, y vio la silueta del operario que se recortaba en la cresta del barranco contra el cielo rojizo, erguida y oscura, como la de un justiciero.

- Escúcheme. Déjeme llevarme esos tres días. Sólo esos. Le pagaré lo que me pida, soy un hombre muy rico.

El operario no respondió, y se limitó a mirar hacia arriba, haciendo un gesto, como señalando un punto indefinible o como si quisiera decir que ya era demasiado tarde. En un momento, mientras el sol se alzaba, desapareció, pareció hacerse traslúcido, disolverse en el aire, y con él desaparecieron el camión y todas las cajas, y Ernst se quedó solo en el fondo del barranco.

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posted by Freelance at 11:45:00 p. m.