lunes, mayo 02, 2005

Muere Roa Bastos (continuación)

Si esta bitácora fuese un repositorio de mis aficiones literarias yo debería ceñirme aquí al Roa Bastos que he conocido a través de la lectura de sus novelas magistrales; al Roa Bastos que, con una precisión y una hondura todavía no igualadas, esbozó la personalidad del Tirano, encarnado en su José Gaspar Rodríguez de Francia de la novela Yo, el Supremo..

"Dejaste de creer en Dios, pero tampoco creíste en el pueblo con la verdadera mística de la revolución, única que lleva a un verdadero conductor a identificarse con su causa, a usarla como escondrijo de su absoluta, vertical persona... Con grandes palabras, con grandes dogmas aparentemente justos, cuando ya la llama de la revolución se había apagado en ti, seguiste engañando a tus conciudadanos..."

Sin embargo, esta bitácora está sobre todo dedicada a mostrar, en aquello que mi corta visión de hombre de a pie alcance, mis opiniones sobre la dimensión política de las cosas. Por tanto, en la hora del obituario de Roa Bastos tiene que pesar más el recuerdo de su criminal justificación de los horrores del castrismo que su elevada estatura como novelista. Y entiendo, además, que es justo hacerlo así: en palabras de Benigno Nieto a cuenta de este mismo asunto, “la estética ilumina, pero sólo la ética redime”.

Como numerosos escritores e intelectuales americanos, Roa fue un integrante más de la corte que se formó alrededor del Mandarín de la Habana. Prestó su apoyo explícito a éste con motivo de su viaje a la isla en agosto de 2003, en la peor época de recrudecimiento de la represión desde los años 60; igualmente, firmó algunos manifiestos de propaganda castrista, como el titulado A la conciencia del Mundo (que le mereció, entre otras reacciones, la contundente carta de Yolanda Huerga, esposa del disidente encarcelado Vázquez Portal) y, hace apenas unas semanas, el documento denominado Detengamos una nueva maniobra contra Cuba con el que se pretendía influir en la Comisión de Derechos Humanos de la UE para el levantamiento de las sanciones contra el régimen de Castro.

Junto con García Márquez, Benedetti y otras importantes plumas americanas, Roa Bastos constituyó la Guardia de Corps intelectual de Castro, el pelotón de pretorianos que permite al bandolero del Granma seguir luciendo ante el mundo una faz eternamente revolucionaria, un halo de superioridad moral, una suerte de justificación perpetua de los horrorosos crímenes cometidos contra los cubanos inocentes en el nombre de la sacrosanta Revolución. Como siempre, no podemos por menos que mirar con asombro el proceso por el cual el hombre de letras, perseguido por la tiranía de Stroessner, que con tan aguda visión retrató en sus novelas el espanto de la dictadura, se convirtió después en defensor entusiasta de la peor de todas ellas. Es un proceso que participa de una suerte de infantil admiración por una mentira, como el niño que se emboba ante la capa roja de un saltimbanqui; de una profunda enfermedad moral que justifica unos crímenes porque parecen más o menos opuestos a otros idénticos, de los cuales se abomina; y, seguramente, de recompensas nada ideales y bien terrenales, como las estancias pagadas en clínicas exclusivas, los favores sexuales ejecutados por esclavas, las drogas de primera calidad distribuidas con largueza y el reparto de un botín cobrado al precio de la opresión, el despojo y el exterminio físico y, sobre todo, moral de los cubanos.
Con Roa Bastos hemos perdido, qué duda cabe, un gran escritor y también, simplemente, una persona; un elemental sentido de la decencia debe entristecernos por ello. Pero también se ha perdido uno de los espadones que el castrismo lucía en su deslucida y ajada panoplia; esa pérdida no parece muy digna de lamentaciones y, por tanto, yo no la lamento en absoluto.

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posted by Freelance at 12:46:00 p. m.