jueves, mayo 05, 2005

Una anécdota sobre socialismo y liberalismo instintivo

Escribe hoy Pablo, lector y comentarista en el Blog de Luis I. Gómez Desde el exilio, una divertida ejemplificación de lo que yo llamaba el otro día liberalismo instintivo, y que viene caracterizado por un comportamiento de corte liberal ejecutado por personas que, en el plano teórico, muestran adscripciones izquierdistas. La lectura de ese ejemplo me ha recordado otro que sucedió realmente y que protagonizó mi padre hace ya algunos años. Creo que es interesante relatarlo aquí. Y a los que sientan la tentación de creer que esto es una fábula más o menos traída de los pelos les aseguro que es una anécdota real y así figura en las memorias que mi padre dejó grabadas, esas memorias que algún día transcribiré e intentaré publicar, cuando escuchar las cintas deje de conmoverme como ahora, sin poderlo evitar, me conmueve.
Mi padre era Director de fabricación en la delegación española de una gran empresa sueca de maquinaria; bajo su dirección trabajaban más de 250 personas, en su mayor parte operarios generalmente muy cualificados, pero con una gran conciencia de clase. Hay que tener en cuenta que corrían los años 70, cuando la efervescencia de las ideas izquierdistas y la afiliación sindical alcanzaban su zénit en la España de la Transición.
Mi padre era un jefe peculiar: había llegado a su posición escalando desde el fondo, después de haber sido, en los años 40, peón de mecánico en Valderribas y de haber pasado por todos los puestos intermedios desde lo más bajo a lo más alto; por eso, entendía muy bien el ambiente de los talleres en el cual él había vivido largos años. Se había granjeado merecida fama de autoritario y de tener mal genio, pero sobre todo de ecuánime y de justo, y era un trabajador incansable; los empleados, a su manera, le respetaban.
Un día, un operario especialista de alta cualificación que trabajaba al mando de un equipo en la fábrica y que, además, era un líder sindical y tenía un puesto en el entonces llamado Jurado de Empresa en representación de los trabajadores, se plantó en el despacho de mi padre y pidió hablar con él.
- Señor Alonso, hay una cosa que debo decirle y en la que yo creo que la Empresa debe intervenir.
- Dígame, Mario. ¿Algún problema?
- Desde luego que es un problema. Un problema de justicia social.
Me parece ver a mi padre con su gesto característico de inclinarse hacia delante y fruncir el entrecejo.
- Pues usted dirá.
- Fíjese, Señor Alonso. Como sabe, yo tengo en el equipo a un chico, un peón llamado Pablo. He estado echando cuentas y resulta que Pablo gana exactamente la mitad que yo. Sin embargo, él también tiene esposa y un hijo, y debe pagar, con un sueldo que es la mitad que el mío, todo lo necesario. ¿Usted cree que eso es justo?
- No lo sé, Mario. Yo sólo sé que usted es, y permítame que se lo diga, un operario muy bueno, y dirige un equipo de tres personas. Su trabajo vale para la empresa, seguramente, mucho más del doble que el trabajo de Pablo, pero...
- Ya, todo eso está muy bien, pero tenga usted en cuenta que la función social del trabajo y la solidaridad...
- ... pero tiene usted razón, Mario. Toda la razón. La Empresa, como usted dice, no puede hacer gran cosa para remediar esta injusticia, pero hay algo que sí se puede hacer, es más, usted mismo puede hacerlo.
Entonces mi padre recurrió a uno de esos gestos efectistas para los que tenía una gran facilidad. ¡Cuantas veces le he visto yo en situaciones como esa tratando de explicarme alguna cosa! Llamó por el interfono al contable de la compañía con la instrucción de llevarle a su despacho el sobre con el sueldo del jefe de equipo y del peón, aprovechando que era fin de mes y día, por tanto, de pago (en aquellos años la informática bancaria apenas existía, y las nóminas se pagaban en metálico por medio del famoso sobre).
Allí se plantó el contable con los dos sobres: más abultado el del jefe de equipo, más exíguo el del peón, y los dejó en la mesa de mi padre que, ni corto ni perezoso, volcó los dos sobres sobre su mesa, mezclando los billetes y las monedas, ante la mirada horrorizada del operario.
- Ahora -, siguió diciendo mi padre -, sólo tiene usted que hacer dos montones iguales y meter cada montón en uno de los dos sobres; no tendrá que mirar los nombres escritos en cada sobre porque el contenido será idéntico. La Empresa no puede elevar el dinero que les paga a ustedes dos, porque entonces su trabajo no sería rentable y, para perder dinero, mejor cerrar y marcharse cada uno a su casa; pero usted sí puede, con el dinero que la Empresa les paga, hacer un reparto más justo, al menos según el concepto de justicia que tiene usted.
El operario, aunque comunista de pensamiento, era un buen hombre y, en todo caso, un hombre de reaños. Tomó los dos sobres sin decir palabra y se levantó para marcharse. Pero mi padre le detuvo.
- No sea animal, Mario. Lleve los sobres a contabilidad y que se los cuenten otra vez como Dios manda. Y a Pablo dígale que para ganar lo mismo que usted sólo tiene que esforzarse por ser tan buen operario como su jefe.
No consta que Mario abandonase su militancia izquierdista; al fin y al cabo, los prejuicios son como las malas hierbas, no hay quien los arranque del todo. Sí consta, sin embargo, que siguió cobrando su merecido sueldo a fin de mes sin repartirlo con nadie, porque la vida es así.

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posted by Freelance at 1:12:00 p. m.