sábado, junio 18, 2005

Deslocalización, crecimiento económico y justicia social.

El 7 de junio, Don Bourdreaux publicó un interesante artículo en Café Hayek que, ahora, podemos encontrar traducido al español en Diario Exterior.
El artículo de Bourdreaux se refiere a su vez a un editorial del Washington Post firmado por Gary Hufbauer y Paul Grieco, donde se establecen de modo cuantitativo las ganancias económicas reales que los procesos asociados a la Globalización económica producen para los Estados Unidos, con un rendimiento cercano a los 10.000 US$ por habitante y año.
Hufbauer y Grieco se acuerdan, no obstante, de los puestos de trabajo, desempeñados por trabajadores honrados y cumplidores de las reglas del mercado, que quedan por el camino mientras ese proceso, benéfico en términos macroeconómicos, tiene lugar, y afirman con sentimiento que
"es moralmente imperativo afrontar las pérdidas privadas en que se incurre a causa de la deslocalización de la mano de obra".
Bourdreaux rebate con acierto esa afirmación algo demagógica al afirmar que
no hay absolutamente nada único en la pérdida de empleos causados por cambios en el patrón o la intensidad del comercio internacional en comparación con las pérdidas de empleo causadas por los cambios en el patrón de intensidad del comercio nacional. Ídem para las pérdidas de empleos causadas por los cambios tecnológicos.
En efecto, ¿cual es el modus operandi del cual debería servirse el Gobierno para ejecutar ese imperativo moral que tanto escandaliza a los editorialistas del Post? Bourdreaux hace un ejercicio no exento de rigor en ese sentido:
Si el gobierno intentara alguna vez implementar una norma que garantizase que ningún cumplidor de las normas perderá nunca su empleo, el gobierno tendría que (intentar) congelar donde está el presente patrón de actividad económica. Los consumidores serían disuadidos de cambiar sus patrones de gasto; la tecnología nueva sería ilegalizada; la búsqueda de mayor eficacia estaría prohibida; los cambios demográficos serían ferozmente regulados por el gobierno. Nada que amenace la reducción significativa de la demanda de la producción de cualquier industria existente estaría tolerado - dado que tal reducción de la demanda implica una reducción de la producción en esa industria y, en consecuencia, la pérdida de puestos de trabajo en esa industria.

El crecimiento económico se detendría; de hecho, cambiaría de avanzar rápidamente a retroceder rápidamente, dado que cualquier avance de la economía con este tipo de regulación gubernamental colapsaría.
La propuesta de los antiglobalización, según la cual la Globalización puede, sí, incrementar el beneficio de las multinacionales pero sólo a base de cambiar puestos de trabajo de sitio, es simplemente falsa, y una barbaridad económica. El incremento en el tráfico mercantil y la optimización de los recursos no aumenta (sólo) el beneficio, sino la riqueza y el dinamismo económico; una economía nacional estancada destruye muchos más empleos que el efecto de la deslocalización en una economía abierta, y los que aquélla sea capaz de conservar son notoriamente más pobres, más improductivos y menos cualificados que los que se mantienen en una economía libre y sometida a los favorables influjos del intercambio.
Por eso, carece de sentido interpretar las pérdidas de empleo en los países desarrollados como una consecuencia negativa de la Globalización, porque dichas pérdidas se producirían lo mismo, multiplicadas, en el caso contrario, es decir, en ausencia de Globalización. Un simple vistazo a cualquier estudio sobre las relaciones entre grado de Globalización y prosperidad así lo indica.
Parece conveniente recordar aquí los negros vaticinios que se cernieron en su día sobre el desarrollo a gran escala de las nuevas tecnologías de la robótica, la automatización y el proceso de datos. Los agoreros (sindicalistas, izquierdistas y los progresistas - como habría dicho el llorado Jaime Campmany, ¡toma nísperos!) vaticinaron la destrucción de numerosos puestos de trabajo a consecuencia de la sustitución de operarios humanos por máquinas, y en aquella época abundó la literatura, de ficción y de presunta divulgación, fomentando el odio a las máquinas y el complejo de Frankenstein*. Al cabo de pocos años se demostró que las nuevas tecnologías, lejos de destruir empleos, los creaban, bien por medio de la creación directa (el sector tecnológico es, año tras año, el de mayor dinamismo en materia de contratación) bien mejorando el ritmo de crecimiento de la economía en su conjunto gracias a su condición de herramienta de intercambio (hoy no podríamos entender la comunicación, la producción fabril, la banca, el tráfico aéreo, rodado, naval o ferroviario, sin las nuevas tecnologías).
El intercambio es el proceso por el cual se genera valor y se satisfacen las necesidades de las personas. Pretender que un mayor intercambio genera consecuencias negativas para aquellos que, por definición, son sus beneficiarios, no pasa de ser una demostración de ignorancia, cuando no de sectarismo. Sin duda que la deslocalización o el desarrollo de nuevas tecnologías pueden producir efectos puntuales negativos en términos microeconómicos: el mercado, cualquier mercado, se basa en el concepto del riesgo y el riesgo a veces se decanta; pero el cuadro no quedaría completo si no colocásemos en el otro plato de balanza los mismos efectos, multiplicados, producidos por el estancamiento y el proteccionismo.
--------------
*Término acuñado por Isaac Asimov para definir el miedo a las máquinas como creaciones humanas que terminan por destruir a sus propios fabricantes, lo mismo que sucedía en la novela de Mary Shelley con el famoso monstruo y su desventurado creador.

NOS HEMOS MUDADO. AHORA ESTAMOS EN HTTP://WWW.FREELANCECORNER.NET. PUEDES ENCONTRAR ESTE MISMO ARTÍCULO ALLÍ, E INCLUSO DEJAR TUS COMENTARIOS.

posted by Freelance at 12:27:00 a. m.