sábado, julio 02, 2005

Vocación antisistema

Reflexiones suscitadas después de leer un excelente artículo de Manuel Molares do Val en Crónicas Bárbaras.
Equivocada (que lo ha estado siempre) o no, la izquierda era en origen una fuerza universalista, igualitaria, dirigida por modo principal a la defensa de los trabajadores a través del consabido principio materialista de la lucha de clases. Con el tiempo, por su propia naturaleza antihumana y dirigista, la izquierda fue derivando hasta convertirse en un formidable sistema político totalitario, consagrado a la consecución del poder para ciertas oligarquías de políticos y burócratas y a perpetuarlo en beneficio de dichas oligarquías gracias a una mezcla de propaganda, de adoctrinamiento y de represión policial.
Teniendo esto en cuenta, es obvio que el enemigo radical de la izquierda es la sociedad abierta, la sociedad donde el poder está limitado y, lo que es más importante, atomizado, porque en ausencia de la rígida regulación central sobre las relaciones humanas que caracteriza a la tiranía, los individuos ostentan y ejercen por sí mismos amplísimas facultades. El "poder", en la sociedad abierta, reside por modo principal en el individuo y se ejerce a través de la libertad de acción: la libertad de producir, la libertad de vender, la libertad de consumir, la libertad de regalar, la libertad de opinar, de ir y venir, de hacer y de no hacer, la libertad de vivir conforme a las capacidades y deseos de cada uno.
Nada de extraño tiene que la izquierda totalitaria por excelencia, la izquierda soviética, idease en su momento una sutil campaña de ataques contra la sociedad abierta, haciendo surgir en su seno todo tipo de corrientes y movimientos que pueden denominarse, genéricamente, antisitema, porque se dirigieron a atacar los fundamentos mismos del sistema de convivencia occidental. Así, la antigua Unión Soviética, que contaba en los años 70 con el mayor y más poderoso ejército del mundo, invirtió cuantiosas sumas en difundir por occidente la corriente antisistema del Pacifismo. En una confrontación armada en igualdad de condiciones, el bloque del Pacto de Varsovia habría tenido difícil alzarse con la victoria frente al mundo libre; por tanto, era mejor preparar dicha hipotética victoria infundiendo entre las filas enemigas la convicción de que la guerra era perversa en sí misma, independientemente de sus causas.
El cálculo de los estrategas comunistas se probó acertado y, de hecho, fue el Pacifismo el que ganó la guerra de Vietnam para las tropas comunistas de Hanoi, para desdicha del oprimido pueblo vietnamita.
Neutralizada en parte la amenaza militar gracias al Pacifismo, los dirigentes soviéticos entendieron que otra notoria amenaza para el comunismo era la gran prosperidad material en que vivían los países occidentales, prosperidad material en cuya busca partían cada día miles de anhelantes ciudadanos de los países comunistas, a costa de sus propias vidas muchas veces, tratando de escapar de la miseria y la opresión a que sus inícuos gobiernos les tenían sometidos. Para tratar de contrarrestar a ese terrible enemigo, que la desinformación y la propaganda no siempre podían mantener oculto, los estrategas soviéticos prepararon un cóctel antisistema compuesto por varios ingredientes: el Sindicalismo, fuertemente financiado desde la URSS a través de los Partidos Comunistas occidentales (fundamentalmente el francés y el italiano), promotor de huelgas y de cada vez más rocambolescas reivindicaciones laborales y políticas que dificultaban notablemente la iniciativa empresarial, añadiéndole adventicias cargas y gravámenes; y el Ecologismo, que en nombre de la protección del medio ambiente, atacaba la capacidad productiva y comercial del mundo libre, buscando de este modo estrangular las fuentes mismas de su prosperidad material. De modo sintomático, el Ecologismo atacó con especial saña a la energía nuclear, mientras que en la URSS se utilizaba intensivamente dicha tecnología sin las debidas garantías de seguridad, como prueba el desastre de Chernobyl, y se cebó también contra las empresas Multinacionales, responsables de propagar la prosperidad a tantos países pobres y en vías de desarrollo.
Una vez más, la estrategia fue casi un éxito, y de hecho la enorme crisis de los años 70 a punto estuvo de quebrar todas las resistencias de la sociedad abierta frente a los furibundos ataques desencadenados contra ella por sus enemigos.
La última y, seguramente, más ponzoñosa semilla plantada en aquellos años en el corazón de Occidente fue la semilla del Relativismo. En efecto, multitud de intelectuales pagados por el régimen soviético, bien directamente (como Sartre, Aragon o Simone de Beauvoir) bien por medio de los diferentes partidos comunistas europeos se dedicaron a atacar los principios en los que se funda la sociedad abierta. De manera sorprendente, el Relativismo convenció a la gente de que el régimen de vida de la sociedad abierta, basado en los libres intercambios entre personas e instituciones que concurren en régimen de igualdad, era en realidad una especie de maquinación monstruosa de diez o doce poderosos a cuya misteriosa e invencible voluntad estamos todos sometidos a través de la propaganda y la alienación de las conciencias. Se nos hizo dudar sobre el valor del esfuerzo, sobre la legitimidad de las riquezas honradamente adquiridas, sobre el derecho de defender la propia libertad por medio del uso de la fuerza. Se repitió una y otra vez que la cultura occidental no era más que una manifestación de imperialismo destructor, y de hecho se pusieron en valor, por medio de una taimada variante del Relativismo que es el Indigenismo, las presuntas virtudes de las culturas aparentemente destruidas o postergadas por el colonialismo occidental: las culturas precolombinas con sus sanguinarios ritos iniciáticos y sus sacrificios humanos; el Islam con su Sharia, llena de espantosas vejaciones hacia las mujeres y de llamadas a la violencia contra los infieles; y, en fin, los primitivos cultos animistas del África negra, condescendientes con la castración de las niñas y con el sometimiento del hombre a desconocidas fuerzas telúricas, indiferentes y crueles.
Derrotado el comunismo soviético fundamentalmente a causa de sus propias tensiones internas, y gracias a la presión ejercida por una casta de dirigentes occidentales liberados por fin de todos los complejos (Thatcher, Reagan y Juan Pablo II), el influjo de los movimientos antisistema promovidos desde la URSS entre los años 50 y 80 sigue vivo, y opera, por inercia, contra los principios de la sociedad abierta, constituyéndose en indiscutibles núcleos de poder. Por inercia y porque dichos movimientos se han hecho fuertes alrededor de pequeñas oligarquías sectoriales (muchas universidades, muchos medios de comunicación, mucha kultura oficiosa), de ciertos organismos públicos que han invadido por completo (como la Unesco) y de su capacidad para obtener jugosas subvenciones procedentes de los mismos gobiernos que luchan por destruir. Estas oligarquías, reproduciendo con fidelidad las rígidas estructuras jerarquizadas y corrompidas de doctrina de su modelo mayor, el soviet, garantizan influencias y salarios a cambio de la sumisión ideológica y el deber de proselitismo.
Por tanto, pese a la desaparición del comunismo originario, las corrientes antisistema permanecen vivas y operan con intensidad en los países donde existe una sociedad abierta. Es importante destacar esa aparente paradoja: en vano se buscarán en las tiranías de izquierda ecologistas, pacifistas o filósofos diletantes aficionados a ponerlo todo en cuarentena, pese a la apasionada defensa que, en occidente, hacen los segundos de las primeras.
La izquierda instalada en las partitocracias occidentales, generalmente socialdemócrata y más o menos civilizada, con ciertas incrustaciones marxistas y maoistas, no ha llegado nunca a perder su carácter pre-totalitario, porque dicho carácter está en sus genes ideológicos; como se ha dicho más arriba, el enemigo de la izquierda no es la derecha, ente platónico que no se sabe muy bien lo que es, sino la sociedad abierta y el poder limitado. Por tanto, nada tiene de extraño que las socialdemocracias se valgan de las fuerzas antisitema para auparse al poder.
En España, las hegemonías del PSOE en los años 80 hicieron innecesaria la colaboración con los partidos representantes de la herencia post-comunista; sin embargo, a raíz de las elecciones de marzo de 2004, y ante su precaria mayoría, el Gobierno de Zapatero se ha lanzado en brazos de quienes pretenden destruir nuestra forma de vida. Zapatero, que llegó a la secretaría general de su partido como la necesaria renovación después de décadas de corrupción, de escándalos y de crímenes, resultó ser, si no todavía en los hechos, sí mucho peor en las intenciones, en su visión de la sociedad y del ejercicio de poder.
Por ello, no nos sorprenden ahora las palabras de Zapatero que nos recuerda Molares do Val, pronunciadas casi un año antes de alzarse con el poder en alas de la conmoción de los trenes de Madrid:
Fue en un curso en El Escorial que dirigía Zygmunt Bauman cuando el hoy presidente dijo que los movimientos antiglobalizadores, los alternativos y los antisistema podían ser aliados del socialismo para enfrentarse al capitalismo.
La frase, en su cruda contundencia, retrata al personaje: no sólo debe buscarse la alianza con los herederos del régimen tiránico y genocida de Moscú, sino que ni siquiera se busca la cínica excusa de hacerlo en pos de la consecución del poder; no, el objetivo es el mismo que animó durante largos años al Kremlin: la derrota del Capitalismo, del régimen de libertades que, con más o menos éxito, hace viable la vida de los hombres sobre la faz de la Tierra.
España no es hoy la de hace treinta años: hoy es una sociedad robusta, una economía pujante, una democracia sólida que ha vivido ya numerosas veces la alternancia en el poder. Sin embargo, los diques que la sociedad puede alzar frente a la marea antisistema que crece sobre nuestro país no son indestructibles, más cuando Zapatero, como se demuestra cada día y como él mismo se ha encargado de confesar, no se limita a servirse de esas corrientes para ejercer el poder, sino que se ha puesto, al parecer, a su servicio para destruir las bases mismas en las que se funda.

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posted by Freelance at 1:39:00 p. m.