domingo, septiembre 11, 2005

Cuarto aniversario.

Hoy hace cuatro años que terroristas islámicos de Al Qaeda desencadenaron la mayor agresión de los últimos 50 años contra los Estados Unidos y la realidad histórica, política y social que representan: es decir, contra la sociedad abierta.
La prensa dedica hoy extensos reportajes al incierto destino de la denominada zona cero, donde algunos creemos que deberían edificarse, ni más ni menos, otras dos torres gemelas, a ser posible mayores y más sólidas que las precedentes, como símbolo de que la vocación de progreso de la sociedad abierta no puede quedar minorada o detenida por culpa de las amenazas de quienes han consagrado su vida a destruirla.
Porque, en realidad, lo que hoy conmemoramos es precisamente la reedición de un conflicto de siglos bajo una nueva forma, marcada por el enfrentamiento entre la concepción occidental de la sociedad y la de quienes se oponen a dicha concepción en nombre de una visión tiránica, oscurantista, orientada al privilegio de unos pocos y el sacrificio de los más. No es sólo una visión teocrática o religiosa; resulta en exceso simplificador afimar que el enfrentamiento que estalló abiertamente el 11 de septiembre de hace cuatro años responde al choque entre una sociedad teocrática y una sociedad laica. Es obvio que la religión islámica (ojo, sólo la islámica; ninguna otra religión del mundo ha causado conflictos graves desde hace siglos) es un componente muy importante en el terrible cóctel que se alza como una amenaza contra nuestra forma de vida, pero no es el único, ni el realmente definitorio.
Desde hace más de dos siglos, desde que la Revolución Industrial y los procesos democratizadores de la Independencia americana y la Revolución Francesa diesen origen a la sociedad abierta, son muchos los que se han alzado contra ella en nombre de los intereses y las banderas más diversos: la monarquía absoluta, el Fascismo, el Nacional-Socialismo, el Comunismo, el indigenismo tribal, el nacionalismo, el fundamentalismo islámico. Hoy, sepultados muchos de los anteriores bajo el peso de la historia, se cobijan a la sombra de éste último todos los nostálgicos de las corrientes previas y, así, no es extraño verificar cómo viejos comunistas, nacionalistas de toda laya y herederos directos de un rancio Fascismo han cerrado filas del lado de los fanáticos musulmanes, construyendo extrañas teorías donde se atribuye a la sociedad abierta la responsabilidad de los ataques que pretenden acabar con ella y constituyéndose, en todo caso, en poderosos aliados de los muyaidines, sembrando desde dentro de Occidente la semilla de la división, del desconcierto y de la duda.
No, el común denominador de cuantos hoy se esfuerzan en derrumbar nuestro modo de vida no es necesariamente la fanática fe en el sanguinario dios de Mahoma; esa fe no es más que una forma, no la única, de un objetivo más profundo. Lo que define de verdad a quienes tratan de echar abajo a la sociedad abierta (como echaron abajo a su conspícuo símbolo, las Torres Gemelas), es su defensa de un modelo de sociedad basada en los privilegios de unos pocos edificados sobre el sometimiento y el sacrificio de muchos, en aras de una entelequia supraindividual (el Islam, el proletariado, el volk, la patria, no importa el nombre; ha tenido y tiene muchos) a cuyos presuntos derechos deben supeditarse los derechos de los individuos, de las personas. Quienes ardorosamente combaten, bien con un kalasnikov en la mano, bien con el teclado de un ordenador, los principios de la sociedad abierta, no pretenden otra cosa que ocupar su lugar de privilegio en la casta dirigente de esa entelequia igualadora, sobrehumana; reclamar su oficio de sacerdotes del culto sacro ante el cual todos deben doblar la rodilla y humillar la frente.
Dice Sebrelli que la reivindicación de los modos de vida de los indígenas precolombinos, que tantos detractores de la Conquista promueven hoy en día, sólo puede hacerse desde una toma de postura previa que nos sitúe en el lugar de los antiguos sacerdores aztecas sobre sus aras de piedra, no de sus víctimas en los sangrientos aquelarres donde se sacrificaban presas humanas, igual que no se puede reivindicar el modo de vida de los pueblos caníbales si no se coloca uno en la situación del propio caníbal, no de su cena. Exactamente lo mismo sucede con las apasionadas defensas, que hoy presenciamos y leemos, hechas a favor del modo de vida de quienes pretenden dar con nuestra sociedad por tierra, y que se ha sustanciado en cosas tan pintorescas como la Alianza de Civilizaciones patrocinada por el Presidente del Gobierno de España. Uno puede pensar en la alianza con el Islamismo y puede considerarlo una forma de vida digna de reivindicación sólo si se coloca en la posición de un varón creyente y virtuoso según las peculiares formas de la virtud coránica; obviamente, no cabría establecer diálogo alguno si la alianza tuviera que hacerse desde el punto de vista de una mujer iraní sofocada bajo sus velos, o desde el punto de vista de un católico en Siria, condenado a ocultar su fe. Para intentar, para validar el diálogo de civilizaciones hay, necesariamente, que cerrar los ojos a la existencia de esas dolorosas realidades; hay que ignorar que, en verdad, esa pretendida civilización no es más que un sistema de castas donde el predominio de unos se edifica sobre el sometimiento de otros; donde los dominantes lo son porque, por una suerte de conexión mediúmnica, se erigen en oráculos de ese ente presunto, supraindividual, al que los hombres deben sacrificar su condición de individuos. Eso mismo, esa fingida comunicación sagrada entre la clase dirigente y la entelequia a la que todo esfuerzo social se supedita, fuente de privilegios inalterables para algunos y de sacrificios igualmente inmutables para los más, ha tenido lugar en los otros modelos de civilización que se han enfrentado a las democracias liberales de Occidente: el absolutismo, el nazismo, el comunismo. Esa cosmovisión elitista, holista, no antropocéntrica, es la que alienta detrás de cada manifestación contraria a la sociedad abierta, venga desde las orillas del fanatismo religioso, de la nostalgia comunista o de la reivindicación nacional, étnica e histórica de la mayor parte de los nacionalismos. Nada tiene de extraño que todos ellos confluyan, en mayor o menor medida, en el objetivo estratégico de destruir la sociedad abierta que es propia de occidente.
Rememoramos hoy el cuarto aniversario de la reedición de ese enfrentamiento, que dura ya siglos, a través de nuevas formas, pero con idénticos contendientes. De un lado la sociedad abierta, antropocéntrica, racionalista, que entiende la libertad como el valor fundamental del que deriva cualquier otro principio; del otro, quienes pretenden sustituir la libertad por un régimen inalterable de privilegios de los cuales pretenden beneficiarse, sin importar el perjuicio que deban causar a otros para lograrlo, poniendo como excusa la existencia de una falsa empresa de índole superior y de la cual pretenden constituirse en sumos sacerdores. Todo intento por disimular la causa real de ese enfrentamiento no puede entenderse sino desde la pretensión de beneficiarse de él: no cabe equidistancia, mucho menos alianza alguna, cuando de lo que se trata es de defender la libertad.

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posted by Freelance at 11:28:00 a. m.