miércoles, septiembre 14, 2005

El Presidente que acabó con ETA.

Con tal que yo pase a la Historia (pensará Rodríguez), a toda costa ETA debe desaparecer, aunque sea echándose en su brazos.
Dicen que dijo Unamuno de Azaña: "¡cuidado con éste, que es un mal escritor sin lectores y hará cualquier cosa para tenerlos!" Vaya si hizo. Mi reflexión, no obstante, no se referirá a Azaña, sino a Rodríguez Zapatero, a quien las palabras de Unamuno encajan como un guante. Rodríguez no es ni siquiera un mal escritor; es un mediocre, llegado al poder gracias a que la ola del terror y de la demagogia le aupó en su cresta a lo largo de tres días de sufrimiento y de infamia. Como cualquier mediocre elevado a una injusta y repentina fama, no es enteramente consciente de su propia mediocridad; en lugar de eso, parece haber creído que la desproporcionada distancia entre su mediocre condición y la alta magistratura que ocupa se ha acortado de un plumazo y que, en lugar de ser él quien degrada el cargo, el cargo ha sido capaz de elevarlo a él, de hacer de él un gran hombre, de convertirle en un Estadista, en un líder. Precisamente por eso, con todos y cada uno de sus actos, Rodríguez busca de un modo pueril, pero también grotesco y monstruoso, hacerse con un lugar en la Historia, perpetuar su nombre en los anales de España y del Mundo. No de otro modo cabe entender su absurdo proyecto de la Alianza de Civilizaciones, en el cual los pastueños funcionariazos de la ONU han visto rápidamente el terreno propicio para el reparto de puestos y gavelas, pero que Rodríguez sigue apadrinando con mansa furia de iluminado, de idiota o de profeta.
Con todo, el proyecto internacional de la Alianza de Civilizaciones no pasa de ser un dislate, una fantochada, un delirio sin verdaderas consecuencias prácticas para nadie, del que los mismos que dicen apoyarlo, sin duda se ríen en secreto mientras fantasean con la malversación de sus presupuestos. Sin embargo, su plan para la posteridad en el terreno de la política española, es decir, convertirse en el Presidente que acabó con ETA, presenta un cariz mucho más dañino, mucho más torvo y amenazante.
Cualquiera que se haya puesto a la tarea de aprender algo de la Historia sabe que la cesión al chantaje no es más que el vaticinio de nuevos chantajes en el futuro; que quien paga por conservar su propia vida se aboca a pagar ya para siempre, y a morir tan pronto como haya agotado su bolsa. Eso, quien se haya propuesto aprender de la Historia, no entrar en ella a toda costa, con un fondo de timbales y trompetas. Las pavorosas noticias en relación con el contenido de los presuntos pactos que el Gobierno de España y el del País Vasco andan trajinando, donde se incluyen incluso ominosos tempos diseñados para preparar a la opinión pública ante lo que no es más que una renuncia absoluta al derecho y a la dignidad, auguran para España un futuro de víctima de chantaje, un futuro en el cual, además de no acabar en modo alguno con el desenfreno del nacionalismo, habrá caído sobre todos nosotros el deshonor. A cada cesión del Gobierno de España seguirá una nueva demanda nacionalista: reagrupamiento, excarcelación, competencia en materia penitenciaria; hacienda propia, estatuto proto-constituyente, libre asociación; diplomacias separadas, ejército, relaciones bilaterales España - Euzkadi; constitución, frontera, independencia; quizá, quizá un ministerio para Otegi o para Ternera, Ministerio de Asuntos del Chantaje. A cada demanda, una nueva cesión, y siempre por medio la amenaza del resurgir de ETA como una siniestra tarasca que los negociadores aberchales agitarían siempre que la humillada España amagase un mínimo gesto de rebeldía. Oh, no; ante esa amenaza, no habría concesión a la que Rodríguez no estuviese dispuesto, ni humillación que no aceptase vicariamente en nombre de la zamarreada España, porque la firmeza ante los chantajistas significaría el infame desahucio de su lugar en los Anales, la brusca y disonante nota final de los timbales y las trompetas, el diluirse del sueño de la Historia; ya nunca más el Presidente que acabó con ETA.
No, no. Con tal que yo pase a la Historia (pensará Rodríguez en la soledad acezante de su despacho, perdida la mirada en su propio retrato al pie de las columnas y de las banderas), a toda costa ETA debe desaparecer, aunque sea echándose en su brazos, condonando toda su inmensa deuda de sangre, arrojando una palada más de tierra a las 1000 tumbas de los 1000 muertos, dándole, de una vez por todas, la razón.
El Presidente que, para acabar con ETA, acabó primero con España.

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posted by Freelance at 3:30:00 p. m.