miércoles, septiembre 07, 2005

Lecturas veraniegas 1. Diario de Irak, de Mario Vargas Llosa.

Diario de Irak, de Mario Vargas Llosa, es la crónica de una conversión: del “no a la guerra” a la constatación del horror causado por el régimen de Saddam Husein y el imperativo moral de arrancarlo del poder.

Si hay un acontecimiento que haya preocupado a la opinión pública y a los medios de comunicación en estos últimos años, ha sido la mal llamada invasión de Irak, que es a su vez la más relevante manifestación del vasto escenario histórico que domina este principio de siglo y de milenio: el enfrentamiento desatado entre el fundamentalismo islámico y la sociedad abierta. Son incontables los personajes públicos, desde políticos (obviamente) a estrellas de cine, que han querido echar su cuarto a espadas, no todos ellos, al parecer, por mero afán especulativo o por desinteresado humanitarismo.

Vargas Llosa es de los que, en un principio, denostaron la línea de actuación emprendida por los Estados Unidos, abogando por otra línea identificada con un fantasmagórico “multilateralismo” que no se sabe muy bien qué es. Durante la fase preparatoria de las acciones bélicas, el multilateralismo se identificó en realidad con la posición de tan sólo tres naciones relevantes, frontalmente opuestas a la operación bélica para liberar Irak: Francia, Alemania y Rusia, y más precisamente con la primera y la última a causa de su capacidad de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. La propia ONU, que también manifestó su oposición frontal a la guerra, fue identificada con ese mismo multilateralismo, aunque dicha oposición pareció siempre una postura personal del Secretario General Kofi Anan, no de una Asamblea especialmente dividida. En efecto, los mismos defensores de ese peculiar multilateralismo acusaban y acusan de unilateralismo a los Estados Unidos olvidando que la potencia americana contó con el apoyo explícito de al menos 49 países miembros de Naciones Unidas, la mayor parte de ellos países democráticos, muchos de los cuales aceptaron incluso compartir con Estados Unidos el coste material y humano de una guerra que juzgaban justa: Reino Unido, España, Polonia, Italia, Portugal, Japón, Taiwán, Corea del Sur y muchos otros países se involucraron en el esfuerzo político y militar que parecía imprescindible para derrocar al tirano de Tikrit.

Queda dicho que Vargas Llosa abrazó inicialmente la postura multilateralista pero, favorecido por el hecho de que su hija Morgana ocupaba plaza de fotógrafa en Irak, decidió viajar al escenario de los hechos para validar in situ sus propias opiniones, concebidas en la confortable lejanía de Occidente. El librito que espero comentar aquí, Diario de Irak, viene a ser la crónica del cambio de opinión del insigne escritor. El librito, muy breve (se lee en una sola tarde) está compuesto de 12 artículos, algunos de ellos publicados en el Diario El País, y de un prólogo. Puede decirse que los artículos son anotaciones de viajero, estampas iraquíes donde, con su indiscutible maestría, Vargas Llosa relata las experiencias y situaciones de varios caracteres, alguno de ellos memorable. El nudo, el aglutinante, el hilo conductor del libro se encuentra, sin embargo, en el breve prólogo, sintomáticamente titulado El mal menor, donde Vargas Llosa expone de forma incontestable su posición sobre la guerra después de comprobados sobre el terreno los efectos de la propia guerra y de la dominación baazista anterior a la misma; y lo hace sobre la autoridad no sólo de haber acudido en persona a verificar aquello sobre lo que opinaba, sino también asistido por su insobornable independencia acuñada durante años de actividad literaria y política, que ni los más acérrimos detractores de la guerra podrán poner en duda.

Quien se dé el trabajo de leer todo este material – escribe en el prólogo –, advertirá que mi oposición a la intervención militar de Estados Unidos y Gran Bretaña en Irak, expuesta de manera inequívoca el 16 de febrero, quedó muy matizada, por no decir rectificada, luego de mi viaje.
Las razones para esa conversión se explican a renglón seguido. Algún curtido pleiteante de izquierdas acusará a Vargas Llosa de poner en práctica la Ley de Godwin, pero lo cierto es que el argumento del escritor peruano es luminoso en su simplicidad:

Sigo creyendo que fue un gravísimo error de los gobiernos de la coalición esgrimir como justificación para la acción militar la existencia de las armas de destrucción masiva en manos de Sadam Husein y la vinculación de éste con Al Qaeda y los autores de la matanza del 11 de septiembre, sobre las que no había pruebas definitivas y que a estas alturas parecen haber sido más pretextos que razones concluyentes.

Porque la destrucción de la dictadura de Sadam Husein, una de las más crueles, corruptas y vesánicas de la historia moderna, era una razón de por sí suficiente para justificar la intervención. Como se hubiera justificado una acción preventiva de los países democráticos contra Hitler y su régimen antes de que el nazismo precipitara al mundo en el Apocalipsis de la Segunda Guerra Mundial.

Pese a que la existencia de ADM’s y de vínculos del régimen baazista con Al Qaeda no deberían ser descartados sin más, a la vista de ciertas investigaciones y pruebas, Vargas Llosa justifica abiertamente la intervención por razones humanitarias, más en la línea desarrollada en su momento por Ignatieff que por Kouchner, y que se puso de manifiesto con especial claridad con la intervención internacional durante la crisis de los Balcanes, que tampoco fue apoyada por una resolución de Naciones Unidas.

Sin embargo, el argumento de Vargas Llosa lleva implícito, de un modo algo solapado, su propio contrapunto. Cuando recuerda que el régimen Nazi sumió al mundo entero (no sólo a los alemanes o a los judíos) en el horror de la Segunda Guerra Mundial y que eso podría haberse evitado removiendo a Hitler del poder cuando se estuvo a tiempo, Vargas Llosa reconoce de forma indisimulada que la intervención en Irak implicaba también un componente de seguridad para Occidente; que una tiranía expansionista como la de Sadam Husein no sólo violaba de forma sistemática los derechos de los iraquíes, de una forma que la comunidad internacional no debía pasar por alto, sino que la propia comunidad internacional tenía derecho a sentir sobre sí la amenaza expansiva de tal régimen de terror, y de actuar en su propia defensa de modo preventivo, como según Vargas Llosa habría estado justificado que hiciesen los países democráticos contra Hitler en los años previos a 1.939. Injerencia humanitaria, desde luego; legítima defensa de Occidente, también. Naturalmente.

Sentadas las bases de su posición, Vargas Llosa se sumerge en la peripecia de su viaje por Irak, maravillosamente retratado por su genio literario y por las extraordinarias fotografías de Morgana. Especialmente interesante para ilustración de antiamericanos de cafetín es la conclusión de Vargas Llosa, obtenida tras numerosas entrevistas y testimonios personales, en relación con la visión que los iraquíes tienen de los invasores. Contra la corriente del pensamiento único antiamericano que se propaga cada día desde los medios occidentales, Vargas Llosa afirma que los iraquíes, en una mayoría notoria, han visto a las tropas occidentales como verdaderos libertadores, y los propios iraquíes se han entregado con frenesí al ejercicio de esa libertad recién conquistada: los cibercafés proliferan por toda Bagdad, se han fundado más de 50 periódicos, la venta de antenas parabólicas con que captar las escandalosas emisiones procedentes de Occidente se ha multiplicado de una forma insólita. De hecho, el reproche generalizado de los iraquíes hacia los americanos es por haberse inhibido durante la ola de saqueos y destrozos que siguió a la invasión y a la desaparición del orden, injusto y cruel, pero orden al fin y al cabo, que garantizaba la policía sadamita. Aquella plaga de Alí Babás que redujo los museos, los palacios del régimen, los comercios, las comisarías y las oficinas a puros escombros, en rafias terribles donde se mezclaban el ansia de venganza de los oprimidos con la voracidad saqueadora de los delincuentes comunes excarcelados e incluso la inmoderada fiebre de libertad de la gente sencilla, al estilo de los fraticelli medievales, causó un daño mucho mayor que la guerra en sí misma, y los iraquíes reprochan a los ocupantes que no hayan contenido la ola irrefrenable del libertinaje; es decir, que no hayan intervenido, que no hayan invadido más. Naturalmente, como en cualquier situación semejante, existe una minoría de iraquíes contrarios a la ocupación: aquellos que formaban la casta dirigente durante la dominación de Sadam. Antiguos integrantes de la Guardia Nacional, miembros del partido Baaz y sunníes afectos al antiguo núcleo de poder se oponen a la pérdida de sus privilegios. Sorprende la enorme importancia que Occidente concede ahora a estos nostálgicos de una tiranía que les garantizaba unas prerrogativas edificadas sobre el sufrimiento y la opresión de sus conciudadanos. Como señalaba hace poco con acierto FrancoAlemán en Barcepundit, igual consideración habrían merecido, durante la transición española, los nostálgicos del franquismo encarnados en la minoritaria Fuerza Nueva de Blas Piñar.

Desde que Vargas Llosa escribiese la mayor parte de los artículos hasta el momento presente han transcurrido algo más de dos años. En ese tiempo, Irak se ha convertido, decididamente, en el campo de una encarnizada batalla entre la sociedad abierta, la que en aplicación del mencionado principio de la injerencia humanitaria pretende llevar a Irak los beneficios de la libertad y la democracia, y quienes la combaten en el nombre de la teocracia, la opresión, el oscurantismo y la tiranía. A esa batalla se han alistado no sólo los muyaidines armados hasta los dientes venidos desde todos los rincones del mundo islámico, desde Pakistán a Siria pasando por Egipto y Palestina, sino también, sorprendentemente, las viejas huestes del antioccidentalismo criadas en el propio Occidente, herencia de la prolongada labor propagandística del caduco bloque soviético, reverdecidas ahora ante la posibilidad de ocupar el antiguo lugar en la trinchera junto a quienes se proponen destruir nuestro modo de vida. Unas huestes sorprendentemente numerosas y activas que, desde las tribunas de los medios, las cátedras y los parlamentos, se alinean descaradamente con la tiranía fundamentalista y contra la balbuciente democracia que la mayor parte de los iraquíes pretende alzar sobre las ruinas humeantes de su patria.

El atentado terrorista que ha destruido el local de las Naciones Unidas en Bagdad […] ha merecido ya, como era de esperar, lecturas muy distintas. La más sesgada ideológicamente, desde mi punto de vista, es aquella según la cual este atentado es una demostración del fracaso absoluto de la intervención militar en Irak y de la necesidad de que las fuerzas de ocupación se retiren cuanto antes y devuelvan su independencia al pueblo iraquí. Este aberrante razonamiento presupone que el atentado fue llevado a cabo por “la resistencia”, es decir por los unánimes patriotas iraquíes contra los invasores extranjeros y su símbolo, la organización internacional que legalizó la guerra del Golfo y el embargo. No es así. El atentado fue perpetrado por una de las varias sectas y movimientos dispuestos a provocar el Apocalipsis a fin de impedir que Irak pueda ser en un día cercano un país libre y moderno, regido por leyes democráticas y gobiernos representativos, una perspectiva que con toda justicia aterra y enloquece a los pandilleros asesinos y torturadores de la Mukhabarat y a los fedayines de Sadam Husein, a los comandos fundamentalistas de Al Qaeda y de Ansar al Islam y a las brigadas terroristas que envían a Irak los clérigos ultraconservadores de Irán. Todos ellos —unos pocos millares de fanáticos armados, eso sí, de extraordinarios medios de destrucción— saben que si Irak llega a ser una democracia moderna sus días están contados y por eso han desencadenado esa guerra sin cuartel, no contra la ONU o los soldados de la coalición, sino contra el maltratado pueblo iraquí. Dejarles libre el terreno, sería condenar a este pueblo a nuevas décadas de ignominia y dictadura semejantes a las que padecieron bajo la férula del Baaz.

En verdad, ante este crimen y los que vendrán —ahora está claro que las organizaciones humanitarias y de servicio civil han pasado a ser objetivos militares del terror—, la respuesta de la comunidad de países democráticos debería ser multiplicar la ayuda y el apoyo a la reconstrucción y democratización de Irak. Porque en este país se está librando en estos días una batalla cuyo desenlace trasciende las fronteras iraquíes y del Oriente Medio, y abarca todo el vasto dominio de esa civilización por la que han sacrificado sus vidas Sergio Vieira de Mello, el capitán de navío Manuel Martín Oar, Nadia Younes y tantos héroes anónimos.

Más que nunca, el objetivo en Irak es la victoria de nuestra forma de vida, de nuestros ideales (la democracia, la libertad), esos mismos ideales que la jauría engañosamente calificada de insurgencia, de resistencia por los medios occidentales puestos al servicio de su propia destrucción, quieren eliminar de la faz de la Tierra. El libro de Vargas Llosa es, por tanto, un extraordinario antídoto contra esas veleidades filototalitarias que, aún hoy, campan en libertad por los patios de Occidente.

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posted by Freelance at 2:26:00 p. m.