lunes, octubre 24, 2005

Nadal, no excuses.

Rafael Nadal es de los pocos deportistas españoles que han sido capaces de romper el destino trágico que siempre parece pesar sobre nuestro país.


Existe un género peculiar de deportistas que pueden reconocerse con facilidad en todos los campeonatos, en todos los torneos. Miradles, allí están: no ganan los partidos, no pasan la meta los primeros, pero su gesto de cansancio y de dolor es el más acusado, el más sufriente; han recurrido a la heróica, pero al final todo esfuerzo ha sido inútil: la victoria ha sido para una tropilla de americanos que mascan chicle, impasibles y bravucones; o de rusos robotizados que ganan sin estropearse el tupé; o de alemanes de ojos de hielo; o de combativos franceses; o de ingleses que, por debajo del spleen, ocultan dinamita en los músculos y un corazón de león. Esa especie de deportistas son, eso sí, expertos en explicar después las derrotas: la preparación ha sido insuficiente, las disputas federativas han influido mucho, el estado de la pista no es el que se esperaba, ha habido que infiltrarse justo antes de la prueba decisiva y, naturalmente, el árbitro, que siempre va con los otros; no es culpa nuestra, nos tienen manía. Todo el mundo nos tiene manía. ¿Quienes son, esos deportistas dolientes y desamparados, eternos favoritos que nunca ganan nada? Son los españoles.

Rafa Nadal pertenece, sin embargo, a la rarísima raza internacional de los campeones. De los campeones de verdad, que cuando son favoritos, ganan; que recurren a la heroica no para justificar después la derrota, sino para imponerse a los rivales; esos campeones que nunca ponen excusas, más que nada porque no las necesitan; que hacen de ganar una sana costumbre, y cuyas escasas derrotas no tienen truco, ni son culpa del árbitro, de la pista o del empedrado: he perdido y punto; el otro fue mejor.

En Madrid, Rafa tuvo que enfrentarse a sus problemas con las rodillas y, en la final, con el croata Ljubicic, un tipo duro con un aire a lo Sterling Hayden, capaz de cañonear a más de 230 kilómetros por hora, que se puso dos sets arriba, listo para fulminar a Rafa. Probablemente, otro español también habría remontado esos dos sets adversos, habría incluso llegado al tie break en el último, y habría perdido. Heroicamente, gloriosamente. Nadal decidió ganar, no obstante, superar a la tropa de fantasmas que le susurraban al oído que tocaba perder, que los españoles, con la heroica, nos conformamos, porque siempre se le puede echar la culpa al árbitro, o a las lesiones, o al sentimiento trágico de la vida. Probablemente Rafa no sabe quién pronunció esa frase tan gilipollas pero que tan hondamente nos ha calado; ni falta que le hace.


Es una lástima que esa especie se logre tan poquito en nuestro país. Últimamente gozamos de tres ejemplos sobresalientes: el propio Nadal, Fernando Alonso y Dani Pedrosa. Los tres escapan al estereotipo del perdedor que tanto abunda en España, especialista en excusas; los tres son un seguro de diversión y de orgullo cuando viajan por el mundo alante demostrando su talento, su fuerza mental, su capacidad para sobreponerse a las dificultades y dar lo mejor de sí mismos cuando peor pintan las cosas.

La situación en nuestro país no está como para tirar cohetes, y los motivos de preocupación se superponen unos a otros en torrencial catarata; suerte que, de vez en cuando, un deportista español decide saltarse el guión, olvidarse de excusas y darnos una alegría triunfando a lo campeón. Y olé.


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posted by Freelance at 12:30:00 p. m.